Han pasado más de 150 años (6 generaciones) desde que el científico inglés Charles Darwin develara la lógica de la vida utilizando argumentos derivados de cuidadosas observaciones, probadas y mejoradas a posteriori. A pesar de ello, un grueso inmenso de seres humanos aún profesa alguna forma de creencia mística que explica la vida como una creación divina o proveniente de un diseño inteligente. Ciertamente, es un ejercicio desafiante tratar de entender el porqué es tan difícil –o quizás imposible- desabrazar creencias místicas en nuestros tiempos signados por los conocimientos sofisticados y abiertos a la exploración del universo, máxime en grupos con niveles económicos y educativos muy por encima de la media mundial. ¿Es acaso la desmitificación de lo divino un asunto que toma decenas o centenas de generaciones? ¿O la creencia mística es una característica definitiva de nuestra conciencia que los no religiosos nos resistimos a aceptar? ¿O acaso existe una sutil e involuntaria alienación inmersa en nuestros sistemas educativos que instiga a asumir situaciones fuera de lo natural? De lo que no hay duda es que la enseñanza de la ciencia a los niños y adolescentes en la inmensa mayoría de escuelas alrededor del mundo es y ha sido inapropiada, lo que ha conducido a generar una sociedad aún plena de atavismos tribales.
La religión
Una considerable mayoría de personas de toda condición social y cultural alrededor del mundo profesa una creencia en algo sobrenatural, sagrado o divino, y/o sigue una religión. Aproximadamente el 84% de la población mundial se consagra a algún tipo de fe religiosa. El 74% de la humanidad se adhiere a una de las cuatro religiones siguientes: el Cristianismo (2,100 millones, 33%), el Islamismo (1,300 millones, 21%), el Hinduismo (900 millones, 14%) y el Budismo (376 millones, 6%). Es interesante notar que el 16% de seres humanos –el tercer grupo más importante después de los cristianos e islámicos (llamadas religiones abrahmicas, por un pasado común que se remonta hasta el patriarca hebreo Abraham)- no profesa ninguna religión, no obstante.
Existe el problema filosófico de la búsqueda legítima de felicidad en el ser humano. Algunos proponen que es una búsqueda personal y otros que es colectiva, pero en cualquier caso su búsqueda implica la superación de temores. De una u otra forma, las creencias místicas en general y la religión en particular, parecieran emerger como una respuesta colectiva tribal a temores individuales por lo desconocido (supernatural) -algunos más sofisticados que otros-, lo cual conduce a la necesidad de identificación individual con un conjunto de valores emanados de una autoridad supernatural e incontestable –divinidades o divinidad absoluta: Dios-, porque no pertenece a nuestro mundo inferior.
Desde Platón se ha filosofado en una realidad supranatural ideal y perfecta de la que emanan comandos, normas y mandamientos que deben seguirse en nuestro mundo, de querer aproximarnos a lo perfecto y vivir en armonía eterna. La mayoría de religiones le añaden a esta filosofía premios y castigos. Algunas establecen que el cumplimiento de estos mandatos produce una elevación que se traduce en la posibilidad de conseguir el premio de acercarse o eventualmente alcanzar aquellos mundos perfectos, usualmente después de la muerte física, mientras que el desacato o la desobediencia es castigada con un regreso al sufrimiento o el descenso a un mundo inferior de sufrimiento. La autoridad que ejerce una religión proviene de su interpretación (cuerpo doctrinal) y manejo (ritual) de lo supernatural y la aceptación de esto por parte de sus feligreses. Dicha autoridad esta fundamentada, entonces, en la aceptación de una realidad superior a la que –por lo menos momentáneamente- el individuo no posee un acceso completo (en “cuerpo y alma”).
El absoluto de la religión y su alternativa
La inmensa mayoría de individuos que profesan una determinada religión han sido influidos por la familia, el medio social inmediato, sus tradiciones culturales y costumbres. En ellas encuentran solaz y paz interior, así como modelos de conductas y valores a seguir. Sin embargo, subyace un carácter dictatorial y fundamentalista en casi toda religión, e invariablemente en las abrahmicas: el dogma de fe o dogma revelado. La doctrina que se basa en el dogma revelado es el absoluto de toda religión. El hecho mismo de cuestionar la doctrina es castigado. La doctrina es dogma per se.
De sus cuerpos doctrinales se puede inferir que si todos los habitantes del planeta siguieran el mismo dogma y no aparecieran disidentes, no habría conflictos y prevalecería la paz. Ese es el enfoque que siguen y siguieron las autoridades de las dos instituciones religiosas más grandes, las cuales no tuvieron reparos en recurrir al poder político y militar para expandir su doctrina en el resto de sociedades que consideraban bárbaras, infieles o inferiores. Pretendían y pretenden, como todo dictador, alcanzar el predominio mundial y absoluto, y de esta manera alcanzar la sociedad perfecta platónica. La puesta en práctica de semejante enfoque en los últimos tres mil años nos ha mostrado devastadoras consecuencias en términos de sufrimiento y muerte. Los sacrificios humanos, las cruzadas medievales, la salvaje expansión del imperio otomano, la persecución a los considerados paganos, herejes y salvajes ocasionaron durante milenios más sufrimiento y más división que la ansiada conquista del bienestar de las sociedades perfectas, aquella utópica comunidad mundial que adorase a la misma divinidad o divinidades.
Como toda aventura humana que recurre a la fuerza y al poder amparada en una verdad que cree absoluta, el fracaso se ha dado una y otra vez a lo largo de miles de años de historia, en grandes y pequeñas escalas. Nunca, ninguna religión ha podido dominar al 100% del planeta o al 100% de su mundo accesible. Es notable como las sociedades humanas han ido cayendo en el mismo error del absoluto una y otra vez, siguiendo el mito de Sísifo. Recientemente nos hemos dado cuenta de lo absurdo de cualquier forma de totalitarismo en el poder (e.g., comunismo, fascismo, nazismo), no sin derramamientos de sangre y pérdidas de vidas en escalas espantosas. La creencia en una doctrina absoluta y perfecta como sistema político de gobierno sólo nos ha traído más sufrimiento. El otro absoluto que falta abolir de nuestras mentes es aquel fundamentado en lo supernatural y que individualmente nos obsesiona y obnubila, recurriendo fácilmente a creencias místicas que subvierten el avance concreto y objetivo en el entendimiento de lo desconocido, motor de nuestro progreso como especie. Y es que nuestra especie ha descubierto hace pocas centurias una manera racional y desapasionada de ir desentrañando misterios en el universo, una forma segura y práctica de conquistar de a pocos nuestra ignorancia, opuesta al enfoque del absoluto omnipotente que lo ha creado todo. Este método progresivo y racional de reducción de nuestra ignorancia en el conocimiento de la naturaleza y el universo se llama ciencia.
La ciencia y el absoluto
Desde hace unas décadas, la ciencia ha venido dando respuestas alternativas a viejos problemas que antes sólo respondía la religión, a través de dogmas revelados. Preguntas tales como de dónde viene el ser humano o cómo se originó el universo pueden ser ahora respondidas a través de modelos científicos, demostrables a partir de la observación y la experimentación. La ciencia no clama tener respuestas absolutas a estas preguntas, sino sólo aproximaciones a lo que percibimos como realidad y deja abierta sus puertas a mejores explicaciones futuras que devengan de una mejor observación y experimentación. ¿Pero entonces, nos queda siempre espacio para creer en un absoluto al cual la ciencia no tiene acceso? Desde luego que sí, pero hacerlo significa claudicar -en alguna etapa- en el progreso del conocimiento del universo y de nosotros mismos.
Con nuestro conocimiento e ignorancia actual, podemos creer que hay una verdad última y absoluta más allá de los experimentos y las observaciones, y llamarlo Dios, si deseamos. Pero también se puede creer en el infinito y que no existe un inicio divino para nada (en contraste, por ejemplo, con el argumento de la contingencia de San Agustín) y que esta rueda del universo ha venido rodando desde siempre y para siempre (como en la filosofía hinduista de los brahmanes). O incluso se puede creer que la naturaleza, el universo y todo lo que lo contiene es lo supremo (panteísmo). No obstante, creer en un absoluto más allá de lo que honestamente conocemos nos condiciona y limita de hacernos preguntas más difíciles y desapasionadas sobre lo desconocido, a buscar y explorar más allá de lo que ya conocemos usando la observación, la experimentación y la razón. Lo que debe hacerse es desmitificar el absoluto y dejarle de temer.
A través de la ciencia podemos avanzar sin restricciones en la comprensión de lo desconocido y esta actitud nos otorga una ventaja evolutiva adicional. Si hay un final y llegamos algún día –por medio de la ciencia- al conocimiento de una verdad única y absoluta (que no es para nada evidente hoy), bien (y en tal caso habrá que replantearse las cosas alrededor de preguntas filosóficas más complicadas tales como para qué o porqué existimos), y si no, bien también. En todo caso esta preocupación es terreno de la filosofía, a la cual deberían incorporarse las religiones serias como alternativas intelectuales. Regresando a nuestros tiempos, lo que sí resulta intelectualmente aberrante es seguir doctrinas basadas en explicaciones incorrectas sobre ciertos hechos y creer en ellas sólo porque son dogmas revelados. Esta aberración es imperdonable en el caso de la gente más instruida que precisamente tiene la responsabilidad ética con su especie de enseñar la ciencia a la gente que no lo es.
La buena “auténtica ignorancia” y la mala “falsa ignorancia”
Con todo y fuera del espacio que aun tenemos para las creencias en un absoluto basadas en una auténtica ignorancia de lo desconocido, subyace el problema de las dos religiones dominantes, las cuales fundamentan su absoluto en libros y creencias dogmáticas que a todas luces son racionalmente anacrónicas (aún de valor histórico, sociológico y antropológico). Es decir, lo que antes fue auténtica ignorancia, con el avance de la ciencia se ha convertido en falsa ignorancia. Y éste es el tipo de ignorancia que debemos condenar. Podemos mencionar dos falsas ignorancias actuales: El origen del ser humano como especie y el origen del universo. Desde hace 150 años y 75 años respectivamente, tenemos respuestas científicas preliminares a estas ignorancias previas y por tanto éstas han devenido de auténticas a falsas, es decir, de reales ignorancias a verdades preliminares.
El etólogo inglés Richard Dawkins en su reciente y provocador libro “The God Delusion” (“La locura de Dios”) hace un trabajo de demolición de las religiones y afirma: “Soy hostil a la religión fundamentalista (cristiana o no) porque degrada activamente la faena científica. Nos enseña a no cambiar nuestras mentes y a no desear conocer cosas estimulantes que están disponibles para todos. Subvierte la ciencia y debilita el intelecto.” (p. 284). En otras palabras, el más grande problema de las religiones (a excepción de algunas orientales) es pensar sin cuestionarse científicamente. Con el absoluto imperante en falsas ignorancias aún estamos en el camino de crear líderes que pensaran que su mandato es de designio divino, tanto en oriente como occidente. Esto conduce a la polarización y a la intolerancia en un mundo en el que la tolerancia por la diversidad cultural debiera convertirse en una empresa social de primer orden.
Muchos creen que no se puede ser un ser humano bueno sin religión. Desde luego, esto es incorrecto. Por ejemplo, Richard Dawkins, en el capítulo 6 de su libro sostiene que nuestra moral tiene una explicación darwiniana: Genes altruistas han sido seleccionados a través del proceso de nuestra evolución y así poseemos una natural compasión por quienes nos rodean. La moral de una era evoluciona continuamente (Zeitgeist), en oposición a la moral religiosa que es incólume en el tiempo, por doctrina. En la actualidad la globalización ha traído consigo el problema de la intolerancia cultural. Nuestra especie está sacando a relucir resabios de racismos, nacionalismos y xenofobias, que no son más que manifestaciones de temor a lo desconocido y de territorialidad tribal, que fueron en algún punto de nuestro proceso evolutivo animal una ventaja de supervivencia. Nuevamente, el absoluto de la religión con sus mandatos divinos, proveyó de mandamientos morales que la población usualmente sigue para ganar su salvación y domesticar estas manifestaciones. No las sigue, después de todo, por convicción racional sino con un fin utilitario, cual fenicio mercader en busca de ganancias fáciles.
Resultaría difícil categorizar a las religiones por sus efectos. La mayoría son racionalmente absurdas. Pero es innegable que algunas son socialmente más conflictivas, mientras que otras han sido en ciertos períodos y coyunturas más pacifistas y han permitido que mucha gente viva “feliz” en su ignorancia, evitando conflagraciones y proveyendo a los desgraciados enfermos y pobres de espíritu un sentido de vida. Algunos piensan por todo esto que son un “mal necesario” para el colectivo. Sin duda esto es cierto si existen auténticas ignorancias en dicho colectivo. Pero cuando la ciencia devela lo desconocido convirtiéndolo en conocimiento, el seguir creyendo en estas –ahora- falsas ignorancias se convierte en un ejercicio perverso para el intelecto.
El rol de la educación
Es evidente por tanto que la solución o el mecanismo para que la religión -como una necesidad ineludible- desaparezca del imaginario colectivo es a través de una adecuada educación. El primer paso, ergo, es que la gente aprenda a manejar un mecanismo opuesto al absoluto. Como hemos dicho, este mecanismo existe desde hace pocas centurias y se llama ciencia.
La ciencia, en contraste con la religión, es lo opuesto al dogma. La ciencia utiliza un conjunto de principios y leyes que son verificables a través de experimentos y estas leyes y principios siempre están abiertos a experimentación más elaborada, a la discusión y al cotejo constante. Si surge evidencia demostrable por el método científico que un principio o ley es perfectible o esta equivocado, no existe ningún inconveniente en cambiarlo de acuerdo al consenso de una comunidad científica objetiva. La búsqueda de un absoluto no esta planteada en la ciencia, por definición y por método. Lo que existe es una serie de aproximaciones sucesivas a la realidad, una búsqueda constante de comprensión y control medido de la naturaleza, respetando el entorno y entendiendo que vivimos en un mundo interconectado y mutuamente dependiente entre especies vivas (equilibrio ecológico). Esta búsqueda incesante de mejora, promovida por nuestras cualidades evolutivas más exitosas, la curiosidad unida a la razón, nos han permitido llegar al espacio, descifrar como opera el universo físico, comprender mejor nuestro entorno y no hay razón para pensar que no nos debería ayudar a vivir en paz como especie.
En esta era postmoderna aceptamos de buena gana los prodigios tecnológicos que surgen en virtud del desarrollo científico. Sin embargo, el mecanismo del método científico nos es aun muy ajeno. Además, el imaginario colectivo está lleno de lugares comunes a menudo equivocados sobre la ciencia. La ciencia a muchos les provoca miedo intelectual y a veces colectivo (una hecatombe nuclear). La enseñanza de las matemáticas –el lenguaje de la ciencia- y las ciencias a nivel básico han fracasado en el mundo entero en razón a que la gran mayoría de educandos que culminan estos estudios no tienen una comprensión real de sus preceptos más básicos. Muchos se enredan en los detalles y no miran el panorama, otros sólo memorizan recetas sin repreguntarse las razones. Es un problema de los maestros y del sistema educativo como institución en gran parte, pero también lo es de la influencia de una comunidad que ha domesticado sus temores tribales más internos con recetas absolutistas. Sin duda, el sistema educativo está fallando sobremanera en todo nivel, pero existen formas de subsanar este error.
¿Cómo explicar la ciencia?
La media audiovisual se ha convertido en un mecanismo que impresiona y condiciona conductas en todo nivel. Si se propagan programas científicos apropiados, es posible que empecemos a interiorizar los conceptos del método científico y no los observemos como mera curiosidad y con cierto temor. Si se propagan documentales científicos, mostrando los hechos, sin discusión, es posible que los aceptemos como una distracción más, comparable a un juego de video. Me parece que un aspecto clave que vale la pena enfatizar y que haría la diferencia es explicar mejor el manejo de las escalas de tiempos grandes en eventos científicos de trascendencia. La comprensión cabal de la teoría de la evolución -que es la teoría más apropiada para contrastar al dogma absoluto- sólo llega manejando las escalas temporales inherentes al mecanismo de selección natural de las especies.
He estado mirando algunos documentales científicos en la televisión americana. Ninguno de ellos goza de una audiencia preferencial que los distinga especialmente, pero sin duda están hechos con efectos audiovisuales e incluso dramatizaciones muy atractivas que estimo están atrayendo el interés de más público que antes por la ciencia. Sin embargo, la mayor parte de los documentales que tratan temas donde es crucial la comprensión de las escalas de tiempo involucradas, adolecen de una explicación adecuada sobre estos tiempos “inimaginables”.
Para efectos de una divulgación científica apropiada, no basta con decir que hace aproximadamente trece mil millones de años se inicio el universo, o que hace unos sesenta y cinco millones de años desaparecieron los dinosaurios. Igualmente, no es suficiente mencionar que hace unos cuatro mil millones de años se empezó a formar nuestro sistema solar, o que hace treinta mil años aproximadamente la única otra especie con inteligencia similar a la nuestra (hasta donde es conocido), el homo sapiens neandertalis, se extinguió.
Cuando al público no acostumbrado a concebir cifras grandes se le habla de miles o millones de años, treinta mil años les parecerá tan igual de grande que trece mil millones de años. Y esta dificultad es a mi juicio una de las obstáculos más grandes para que este público comprenda y valore a cabalidad muchos de los descubrimientos científicos más importantes de los últimos dos siglos, entre los que se destaca la teoría de la evolución darwiniana (Publicación de “Sobre el origen de las especies”, 1859) y el inicio del universo (Formulación de la teoría del Big Bang, 1930). Incluso las personas con formación científica tenemos que recurrir mentalmente a estos cambios de escala para poder hacer comparaciones entre números tan grandes. De manera que no se trata de que esta comprensión sea inherentemente prohibitiva para un sector, sino que de por sí demanda esfuerzo de imaginación y entrenamiento. Con todo, es un esfuerzo que bien vale la pena seguir y merece ser abordado como un tema educativo para facilitar los caminos para su comprensión cabal.
El calendario universal
Después de la formulación de la teoría del Big Bang hace unas décadas, los humanos tenemos por primera vez en nuestra historia como especie la posibilidad de elaborar un calendario con los eventos más importantes que nos han conducido a lo que somos desde el origen de lo que percibimos o conceptualizamos como universo físico. La elaboración de semejante calendario, si bien con muchos vacíos e inexactitudes aún, es uno de los grandes logros del pensamiento racional, obtenido gracias a la ciencia en menos de medio milenio. No veo porque todo el mundo pueda estudiarlo en alguna etapa escolar, entenderlo y finalmente manejarlo con mínima solvencia.
Una manera de resolver la dificultad de manejar adecuadamente números enormes, imaginarlos y utilizarlos efectivamente es adoptando una escala de tiempo más reducida que permita comparar con facilidad cotidiana las diferencias entre tiempos muy grandes dentro del calendario. El tiempo grueso relevante hasta nuestros días pudiera representarse por un total más digerible y entendible. En esa obra maestra que fue la popular serie televisiva de los ochentas, Cosmos, el astrónomo Carl Sagan recurría a este estratagema para mencionar tiempos muy grandes y mostrar en forma efectiva la evolución de los hechos más importantes desde la creación del universo hasta nuestra vida actual en el planeta que nos cobija. Sagan reducía los últimos 5,000 años de historia conocidos a los últimos 10 segundos del “año cósmico” y esta era una manera muy efectiva de explicar los acontecimientos de escalas temporales enormes, con referencia a nuestras escalas históricas usuales y que concebimos más fácilmente. Así mientras el universo se originaba a las 00:00:00 (hora:minutos:segundos) horas del primero de enero del año cósmico con la gran explosión de explosiones (el Big Bang), los egipcios iniciaban la construcción de las pirámides a las 11:59:50 de la noche del 31 de diciembre del mismo año, es decir hace 10 “segundos cósmicos”. En ese año cósmico, nuestro planeta se formaba a finales de agosto, la vida aparecía a mediados de septiembre, los dinosaurios se extinguían al mediodía del 30 de diciembre y el hombre moderno aparecía como especie a las 7 p.m. del mismo 31 de diciembre. De cuatro a siete horas “cósmicas” son requeridas para que una nueva especie de vida aparezca y se extinga otra. En fin, muchas otras referencias temporales fáciles de digerir pueden hacerse utilizando este calendario universal.
Conclusión
Desde la aparición de la conciencia hace unas “horas cósmicas” se engendró el mito del absoluto como un estadio evolutivo que ya es momento de trascender. El primer gran paso para desaforarlo de nuestras mentes y ascender un escalón más en las gradas de la evolución, es la comprensión universal de la ciencia a través de la educación. Una fracción insignificante (mucho menos del 1%) de la especie entiende los fundamentos del método científico. Si podemos lograr que la mayoría de la población mundial lo haga, habremos, como especie, desterrado al pernicioso absoluto. Sólo de nosotros depende si tomará unos segundos o quizás “minutos cósmicos” lograrlo. El manejo inteligente de nuestros sistemas educativos encierra la respuesta y la verdadera revolución del progreso y bienestar de nuestra especie. La alternativa de tener grupos encontrados en sus fanatismos puede ser muy triste. Más del 50% de la población mundial vive actualmente inmersa en el terror del llamado “choque de civilizaciones” que curiosamente coincide con las dos religiones más grandes. No es casualidad que la reconquista de Tierra Santa hace milenio y medio y la actual eliminación del terrorismo basado en extremos fundamentalismos islámicos tengan a los mismos actores en disputa. La diferencia es que ahora tenemos armas con poder de extinción del planeta habitable. De proseguir la escalada de intolerancia por un lado y de interés material por el otro, la luz de nuestra especie puede apagarse en una fracción insignificante de “segundo cósmico”. Sólo de nosotros depende desmitificar de nuestras mentes al conquistador del absoluto y convertirlo en el buscador constante de nuevos horizontes y realidades en armonía con nosotros mismos y el universo. Porque el logro más importante de la ciencia en la evolución de nuestra especie no ha sido la llegada del hombre a la Luna, la formulación de la teoría de la relatividad, la aparición de la electrónica, la formulación de la teoría de la evolución de las especies, ni la posibilidad de elaborar un calendario universal, sino la desmitificación final del absoluto, aspecto que subyace en el núcleo mismo del método científico.
Wednesday, November 14, 2007
La Necesidad de formar una Cultura Integral de Respeto por la Diversidad
01-Marzo-1999
LA NECESIDAD DE FORMAR UNA CULTURA INTEGRAL DE RESPETO POR LA DIVERSIDAD
DIARIO: EL COMERCIO
Si hay algo que se aprende viviendo en el extranjero es el enorme valor que implica conocer personas que sean dueñas de la capacidad de desarrollar una aceptable cultura de la tolerancia y de respeto mutuo por las diferencias.
La ausencia - en mayor o menor grado - de estas facultades es un factor que origina desequilibrios y conflictos que dificultan y deterioran las relaciones de convivencia y de comprensión intercultural. Al mismo tiempo queda en evidencia cuan altos - aunque limitados - pueden ser los niveles de resistencia a las actitudes cotidianas de hostilidad que surgen como consecuencia de esta ausencia y cuan importante sería desarrollar una cultura de respeto por la diversidad que ayude a contrarrestar y eliminar estos enfrentamientos. Asimismo, se descubre como algunos grupos o personas que aspiran a ser líderes y paradigmas intelectuales en los más diversos campos, no obstante, adolecen de una apropiada formación en valores de respeto intercultural que son fundamentales en el mundo de hoy. Para ilustrar estos conceptos expondremos una experiencia personal pero, esperamos, suficientemente representativa de lo que sucede en otras numerosas circunstancias.
Los profesionales jóvenes que realizamos estudios avanzados en ambientes en los que nos encontramos obligados a convivir con personas de la más variopinta procedencia en términos de idiomas y costumbres, gozamos de la oportunidad de nutrirnos de un genuino cosmopolitismo que sin duda sirve para comprender y aprender a respetar mejor nuestras diferencias culturales. No obstante, se percibe una soterrada pero extendida actitud que va en dirección contraria a la búsqueda de este respeto.
Se sostiene que todo ser humano producto de la civilización occidental es - técnicamente y ad portas del trepidante tercer milenio - neurótico per se, y este desorden se hace mayor mientras más aislado se esté. Es entendible que los estudiantes sujetos a las circunstancias anteriormente descritas presentemos una mayor proclividad a desarrollar rasgos serios de neurosis que sólo se contrarrestan con una adecuada formación. Ante la ausencia de tal formación y en este ámbito de convivencia intercultural, el problema surge cuando alguno de esos rasgos se torna patológicamente agresivo e intransigente con relación a la manera como se juzga o se actúa con otra persona o grupo que presente diferencias culturales. En este contexto, el secular conflicto entre el ego y el respeto a lo diferente entra en juego con exquisita sutileza. No es difícil convencerse que la mayoría de gente que llega a estos niveles de formación intelectual desarrolla una dosis de ego adquirida individualmente y/o azuzada por el sistema educativo en el que se formó. El peligro estriba en que este ego causa, en mayor o menor medida, cierto estado de obnubilación que una deficiente formación de valores puede convertir muy fácilmente en egoísmo y/o soberbia reflejada en algún aspecto no necesariamente académico. Estas dos taras entorpecen el desarrollo de una cultura de tolerancia porque, a su vez, provocan la aparición de conductas de intransigencia y petulancia que con frecuencia pretenden apoyarse en fundamentalismos y/o dogmas refutables, y que no son más que simple y llana reacción irracional por temor a lo desconocido.
Paradójicamente, estas actitudes contradicen el mero espíritu científico dentro del cual estas personas se han estado formando. Ésta es, incidentalmente, una arista fascinante que ilustra la dificultad en entender el intrincado concepto de inteligencia a este nivel. Es terrible comprobar que - en algunos casos - estos comportamientos se sustentan en la ignorancia que brota de una educación insuficiente y superficial empero orientada al exitismo y frecuentemente también al elitismo. Y de esto últimos no son ajenos los esquemas educativos de varios países avanzados como los Estados Unidos.
Asimismo, es posible que existan ciertos patrones culturales aceptables para un grupo que favorezcan la aparición de estas conductas nocivas. Así por ejemplo, alguien formado en una cultura que fomente el chauvinismo podría - en este contexto - ser más proclive a adoptar las conductas antes mencionadas. Lo mismo puede suceder con grupos provenientes de culturas sumamente homogéneas y costumbres poco extendidas. En este sentido, nuestro país, dentro de sus limitaciones, tiene una enorme ventaja comparativa al poseer un potencial de diversidad étnica y cultural poco usual en el resto del mundo. Con todo, no es siempre claro si los factores que perturban el apropiado desarrollo de los valores que forman la base del respeto por lo distinto sean mucho más de índole individual - léase biológico - antes que provenientes del grupo social particular, aunque sea claro que éste los condicione en alguna medida. En cualquier caso, la internalización de estos valores requieren de un activo proceso de formación en las escuelas y hogares. Es, en suma, un proceso de domesticación que no viene solo y que, más bien, requiere un esfuerzo formativo sin el cuál existe una alta probabilidad que finalmente provoque la futura involución de la sociedad global procuradora de bienestar para todos hacia la cual, aparentemente, nos dirigimos inexorablemente.
Acordar entre personas de procedencias culturales variadas cuándo ciertas conductas son ofensivas o no es de por sí una tarea sumamente complicada. Para lograrlo se requiere una dosis mínima de capacidad mental de transculturización desde ambos lados, sin que esto implique necesariamente una adopción de las costumbres, claro está. Pero ello presupone una aptitud recíproca de buena voluntad para comprender los símbolos y códigos culturales de la otra parte. Lamentablemente, parece ser que los seres humanos no nacemos con la tendencia a desarrollar esta aptitud de buena voluntad y, en verdad, muchas guerras han sido consecuencia de la ausencia de la misma. Por el contrario, cientos de miles de años de evolución les han ido proporcionado a nuestros genes la atávica tendencia a la búsqueda de la homogeneización de los códigos sociales alrededor de segmentos poblacionales con dominio territorial bien demarcado (piénsese en los nacionalismos como una consecuencia actual extrema, si se quiere), y al menosprecio por lo distinto en el ámbito social, reflejado en las extensas y diversas formas de discriminación en el mundo. Así por ejemplo, los recientemente derrumbados regímenes totalitarios, basados en ideologías que pretendían la homogeneización de la sociedad restringiendo las libertades de sus ciudadanos, exhibían, en el fondo, un miedo soterrado por lo distinto, siendo esto último un atributo de derecho que nace precisamente del uso de la libertad individual. No obstante, hacia fines del milenio las necesidades económicas e históricas de bienestar para todos parecen indicar que el derrotero debe ir en dirección contraria, es decir hacia la formación de una aldea global mundial que respete las libertades individuales. Esto exige, por lo tanto y más que nunca, la necesidad de educar y cultivar en todo nivel esa aptitud de buena voluntad dirigida primero a la comprensión y luego al respeto por las diferencias culturales.
No es claro que los programas educativos mundiales hagan el esfuerzo necesario en este sentido. Más bien pareciera que persiste la inercia histórica, acrecentada con las conflagraciones mundiales y de guerra fría de este siglo, por procurar desarrollar "valores" de soberbia regional o nacional - basados en hechos de índole anecdótica y coyuntural más que de trascendencia - que no sólo estuvieron equivocados desde siempre sino que no tienen el menor asidero en nuestros días y son, por el contrario, bombas de tiempo a mediano y largo plazo puestas en las mentes de todos.
Por supuesto, el problema mayor es determinar cuáles deben ser los elementos de juicio que puedan establecer - sin dudas - cuando una costumbre específica es sujeta de respeto o condena. La perspectiva de hacerlo desde la óptica particular de la cultura dominante es poco elegante. Sería mucho mejor lograrlo con consenso mundial, pero seguramente esto exigirá que la semilla de la buena voluntad se haya expandido lo suficiente en cada cultura a través de la educación en la diversidad. Es un trabajo de hormiga que bien vale la pena seguir porque así, quizás, en el futuro se deje de asistir al espectáculo frustrante de ver como algunos futuros líderes sociales, académicos y científicos usan su cerebro para plantear soluciones a problemas abstractos o de laboratorio, pero que, en mayor o menor medida, son muy torpes para manejarse así mismos y con los demás frente a los desafíos contemporáneos que plantea la diversidad. De aquí se puede concluir que no sólo existe la urgente necesidad de formar adecuadamente este aspecto fundamental de respeto por la diversidad desde la niñez desterrando de los currículos toda forma de inculcación de soberbia regional o nacional, sino también de cambiar ciertos programas educativos universitarios que hacen mal en fomentar una suerte de cultura de la soberbia intelectual al más alto nivel y que adolecen de la suficiente formación en los valores devengados del respeto por lo distinto. Todo ello a la postre evitaría o conjugaría futuros conflictos de gran escala basados en la intolerancia, haciendo así posible que el sueño – quizás utópico – de paz y bienestar para todos se aproxime más a lo ideal.
LA NECESIDAD DE FORMAR UNA CULTURA INTEGRAL DE RESPETO POR LA DIVERSIDAD
DIARIO: EL COMERCIO
Si hay algo que se aprende viviendo en el extranjero es el enorme valor que implica conocer personas que sean dueñas de la capacidad de desarrollar una aceptable cultura de la tolerancia y de respeto mutuo por las diferencias.
La ausencia - en mayor o menor grado - de estas facultades es un factor que origina desequilibrios y conflictos que dificultan y deterioran las relaciones de convivencia y de comprensión intercultural. Al mismo tiempo queda en evidencia cuan altos - aunque limitados - pueden ser los niveles de resistencia a las actitudes cotidianas de hostilidad que surgen como consecuencia de esta ausencia y cuan importante sería desarrollar una cultura de respeto por la diversidad que ayude a contrarrestar y eliminar estos enfrentamientos. Asimismo, se descubre como algunos grupos o personas que aspiran a ser líderes y paradigmas intelectuales en los más diversos campos, no obstante, adolecen de una apropiada formación en valores de respeto intercultural que son fundamentales en el mundo de hoy. Para ilustrar estos conceptos expondremos una experiencia personal pero, esperamos, suficientemente representativa de lo que sucede en otras numerosas circunstancias.
Los profesionales jóvenes que realizamos estudios avanzados en ambientes en los que nos encontramos obligados a convivir con personas de la más variopinta procedencia en términos de idiomas y costumbres, gozamos de la oportunidad de nutrirnos de un genuino cosmopolitismo que sin duda sirve para comprender y aprender a respetar mejor nuestras diferencias culturales. No obstante, se percibe una soterrada pero extendida actitud que va en dirección contraria a la búsqueda de este respeto.
Se sostiene que todo ser humano producto de la civilización occidental es - técnicamente y ad portas del trepidante tercer milenio - neurótico per se, y este desorden se hace mayor mientras más aislado se esté. Es entendible que los estudiantes sujetos a las circunstancias anteriormente descritas presentemos una mayor proclividad a desarrollar rasgos serios de neurosis que sólo se contrarrestan con una adecuada formación. Ante la ausencia de tal formación y en este ámbito de convivencia intercultural, el problema surge cuando alguno de esos rasgos se torna patológicamente agresivo e intransigente con relación a la manera como se juzga o se actúa con otra persona o grupo que presente diferencias culturales. En este contexto, el secular conflicto entre el ego y el respeto a lo diferente entra en juego con exquisita sutileza. No es difícil convencerse que la mayoría de gente que llega a estos niveles de formación intelectual desarrolla una dosis de ego adquirida individualmente y/o azuzada por el sistema educativo en el que se formó. El peligro estriba en que este ego causa, en mayor o menor medida, cierto estado de obnubilación que una deficiente formación de valores puede convertir muy fácilmente en egoísmo y/o soberbia reflejada en algún aspecto no necesariamente académico. Estas dos taras entorpecen el desarrollo de una cultura de tolerancia porque, a su vez, provocan la aparición de conductas de intransigencia y petulancia que con frecuencia pretenden apoyarse en fundamentalismos y/o dogmas refutables, y que no son más que simple y llana reacción irracional por temor a lo desconocido.
Paradójicamente, estas actitudes contradicen el mero espíritu científico dentro del cual estas personas se han estado formando. Ésta es, incidentalmente, una arista fascinante que ilustra la dificultad en entender el intrincado concepto de inteligencia a este nivel. Es terrible comprobar que - en algunos casos - estos comportamientos se sustentan en la ignorancia que brota de una educación insuficiente y superficial empero orientada al exitismo y frecuentemente también al elitismo. Y de esto últimos no son ajenos los esquemas educativos de varios países avanzados como los Estados Unidos.
Asimismo, es posible que existan ciertos patrones culturales aceptables para un grupo que favorezcan la aparición de estas conductas nocivas. Así por ejemplo, alguien formado en una cultura que fomente el chauvinismo podría - en este contexto - ser más proclive a adoptar las conductas antes mencionadas. Lo mismo puede suceder con grupos provenientes de culturas sumamente homogéneas y costumbres poco extendidas. En este sentido, nuestro país, dentro de sus limitaciones, tiene una enorme ventaja comparativa al poseer un potencial de diversidad étnica y cultural poco usual en el resto del mundo. Con todo, no es siempre claro si los factores que perturban el apropiado desarrollo de los valores que forman la base del respeto por lo distinto sean mucho más de índole individual - léase biológico - antes que provenientes del grupo social particular, aunque sea claro que éste los condicione en alguna medida. En cualquier caso, la internalización de estos valores requieren de un activo proceso de formación en las escuelas y hogares. Es, en suma, un proceso de domesticación que no viene solo y que, más bien, requiere un esfuerzo formativo sin el cuál existe una alta probabilidad que finalmente provoque la futura involución de la sociedad global procuradora de bienestar para todos hacia la cual, aparentemente, nos dirigimos inexorablemente.
Acordar entre personas de procedencias culturales variadas cuándo ciertas conductas son ofensivas o no es de por sí una tarea sumamente complicada. Para lograrlo se requiere una dosis mínima de capacidad mental de transculturización desde ambos lados, sin que esto implique necesariamente una adopción de las costumbres, claro está. Pero ello presupone una aptitud recíproca de buena voluntad para comprender los símbolos y códigos culturales de la otra parte. Lamentablemente, parece ser que los seres humanos no nacemos con la tendencia a desarrollar esta aptitud de buena voluntad y, en verdad, muchas guerras han sido consecuencia de la ausencia de la misma. Por el contrario, cientos de miles de años de evolución les han ido proporcionado a nuestros genes la atávica tendencia a la búsqueda de la homogeneización de los códigos sociales alrededor de segmentos poblacionales con dominio territorial bien demarcado (piénsese en los nacionalismos como una consecuencia actual extrema, si se quiere), y al menosprecio por lo distinto en el ámbito social, reflejado en las extensas y diversas formas de discriminación en el mundo. Así por ejemplo, los recientemente derrumbados regímenes totalitarios, basados en ideologías que pretendían la homogeneización de la sociedad restringiendo las libertades de sus ciudadanos, exhibían, en el fondo, un miedo soterrado por lo distinto, siendo esto último un atributo de derecho que nace precisamente del uso de la libertad individual. No obstante, hacia fines del milenio las necesidades económicas e históricas de bienestar para todos parecen indicar que el derrotero debe ir en dirección contraria, es decir hacia la formación de una aldea global mundial que respete las libertades individuales. Esto exige, por lo tanto y más que nunca, la necesidad de educar y cultivar en todo nivel esa aptitud de buena voluntad dirigida primero a la comprensión y luego al respeto por las diferencias culturales.
No es claro que los programas educativos mundiales hagan el esfuerzo necesario en este sentido. Más bien pareciera que persiste la inercia histórica, acrecentada con las conflagraciones mundiales y de guerra fría de este siglo, por procurar desarrollar "valores" de soberbia regional o nacional - basados en hechos de índole anecdótica y coyuntural más que de trascendencia - que no sólo estuvieron equivocados desde siempre sino que no tienen el menor asidero en nuestros días y son, por el contrario, bombas de tiempo a mediano y largo plazo puestas en las mentes de todos.
Por supuesto, el problema mayor es determinar cuáles deben ser los elementos de juicio que puedan establecer - sin dudas - cuando una costumbre específica es sujeta de respeto o condena. La perspectiva de hacerlo desde la óptica particular de la cultura dominante es poco elegante. Sería mucho mejor lograrlo con consenso mundial, pero seguramente esto exigirá que la semilla de la buena voluntad se haya expandido lo suficiente en cada cultura a través de la educación en la diversidad. Es un trabajo de hormiga que bien vale la pena seguir porque así, quizás, en el futuro se deje de asistir al espectáculo frustrante de ver como algunos futuros líderes sociales, académicos y científicos usan su cerebro para plantear soluciones a problemas abstractos o de laboratorio, pero que, en mayor o menor medida, son muy torpes para manejarse así mismos y con los demás frente a los desafíos contemporáneos que plantea la diversidad. De aquí se puede concluir que no sólo existe la urgente necesidad de formar adecuadamente este aspecto fundamental de respeto por la diversidad desde la niñez desterrando de los currículos toda forma de inculcación de soberbia regional o nacional, sino también de cambiar ciertos programas educativos universitarios que hacen mal en fomentar una suerte de cultura de la soberbia intelectual al más alto nivel y que adolecen de la suficiente formación en los valores devengados del respeto por lo distinto. Todo ello a la postre evitaría o conjugaría futuros conflictos de gran escala basados en la intolerancia, haciendo así posible que el sueño – quizás utópico – de paz y bienestar para todos se aproxime más a lo ideal.
El Mundo Cuantico
04-Enero-2001
EL MUNDO CUÁNTICO
Hace cien años, Max Planck, un hasta entonces desconocido catedrático alemán, publicaba un trabajo titulado Sobre la teoría de la distribución de energía en el espectro normal. Este artículo contenía la base de una revolución sin precedentes en el entendimiento de la naturaleza, una que a la postre afectó y cambió el destino de la humanidad como pocas cosas durante todo el siglo XX: la física cuántica. La tecnología nuclear, la electrónica y las comunicaciones modernas, con todas sus consecuencias sociales, malas y buenas, no habrían sido posibles sin esta primera piedra. En este trabajo, Planck presentaba al mundo científico una explicación teórica de lo observado en experimentos relacionados a la distribución de la energía que irradia un cuerpo negro. La gran novedad radicaba en la discretización (cuantización) de la energía de la radiación en paquetes (cuantos)de energía. Era tan asombrosa la introducción de esta cuantización que el mismo Planck había escrito el artículo tratando de justificarlo como un mero formalismo y restándole importancia. El lenguaje preciso de la ciencia, empero, no deja cabida a los apasionamientos, y fue Albert Einstein, quien sin ningún temor en asaltar el statu quo, utiliza la cuantización de la radiación (en este caso de la luz, que es un tipo de radiación electromagnética) para explicar el efecto fotoeléctrico en 1905.
En el primer cuarto del siglo XX, inspirados en esta cuantización y en el intento de encontrar modelos plausibles para el átomo, el electrón y la luz (radiación en general), una generación brillante de físicos europeos, entre los que destacaban Rutherford, Bohr, De Broglie, Heissemberg, Born, Dirac y Schroedinger elaboraron una formulación denominada mecánica cuántica que presenta los principios y las reglas que rigen el comportamiento de las partículas fundamentales. Estas partículas no son ni con mucho de la misma naturaleza de los objetos de escala humana o astronómica. Ni siquiera “ocupan” un lugar “definido” en el espacio, sino que son más bien una suerte de ondas de materia con mayores o menores probabilidades de ocupar ciertas regiones del espacio. Así se rompía con varios elementos antropocentristas de la física clásica previa al siglo XX, creando un mundo nuevo, lleno de incertidumbre y con lugar para el caos.
El principio de incertidumbre de Heissemberg – consecuencia natural de la mecánica cuántica -, por ejemplo, anuncia que no se puede conocer con absoluta certeza la posición y la velocidad de una partícula al mismo tiempo, aspecto impensable en la física clásica y que rompe profundas concepciones. En los tres últimos cuartos de siglo XX, la mecánica cuántica y su sofisticada teoría de campos cuánticos has sido exitosamente aplicadas en la descripción de tres de las cuatro interacciones que se conocen en el universo, con excepción de la gravedad. Sin embargo, aún hay mucho trabajo por hacer hasta llegar a una teoría unificada que incluya a la gravedad y a todas las partículas fundamentales conocidas, la ansiada “Teoría del Todo”.
De la física cuántica han derivado, asimismo, desarrollo tecnológicos que han marcado el derrotero del siglo que pasó. La tecnología nuclear, la electrónica, las comunicaciones y la informática son quizás los ejemplos más deslumbrantes. Las consecuencias sociales han sido múltiples y complejas, pero debe recalcarse que las responsabilidades por los estragos y catástrofes mundiales del siglo XX no recaen ni en la ciencia ni en tecnología per se. Las miserias humanas son milenarias y simplemente se han hecho más sofisticadas en formas y medios con el paso del tiempo. Acaso el mayor desafío de la educación moderna sea desarrollar la conciencia de que la comprensión y utilización de los recursos de la naturaleza no son ajenos a nuestro intentos paralelos por construir una sociedad libre y justa.
Ciertamente, por primera vez hoy tenemos la capacidad tecnológica para autoelimanarnos como especie. Pero al mismo tiempo, gracias a la ciencia y a la tecnología tenemos la oportunidad de utilizar inteligentemente nuevos recursos para que la humanidad progrese hacia estadios de mayor justicia y libertad. Por último, evitar nuestra extinción es una circunstancia que no se puede dejara al azar, presumo; muy a pesar de que la física cuántica haya puesto en vigencia que vivimos en un universo que – nuestra escala – pareciera funcionar como un predecible mecanismo de relojería, aun cuando descanse sobre un intrincado mundo subátómico sujeto a los azares de las probabilidades. Y a la luz de la historia, ésta es, qué duda cabe, una de las más finas ironías del siglo XX.
EL MUNDO CUÁNTICO
Hace cien años, Max Planck, un hasta entonces desconocido catedrático alemán, publicaba un trabajo titulado Sobre la teoría de la distribución de energía en el espectro normal. Este artículo contenía la base de una revolución sin precedentes en el entendimiento de la naturaleza, una que a la postre afectó y cambió el destino de la humanidad como pocas cosas durante todo el siglo XX: la física cuántica. La tecnología nuclear, la electrónica y las comunicaciones modernas, con todas sus consecuencias sociales, malas y buenas, no habrían sido posibles sin esta primera piedra. En este trabajo, Planck presentaba al mundo científico una explicación teórica de lo observado en experimentos relacionados a la distribución de la energía que irradia un cuerpo negro. La gran novedad radicaba en la discretización (cuantización) de la energía de la radiación en paquetes (cuantos)de energía. Era tan asombrosa la introducción de esta cuantización que el mismo Planck había escrito el artículo tratando de justificarlo como un mero formalismo y restándole importancia. El lenguaje preciso de la ciencia, empero, no deja cabida a los apasionamientos, y fue Albert Einstein, quien sin ningún temor en asaltar el statu quo, utiliza la cuantización de la radiación (en este caso de la luz, que es un tipo de radiación electromagnética) para explicar el efecto fotoeléctrico en 1905.
En el primer cuarto del siglo XX, inspirados en esta cuantización y en el intento de encontrar modelos plausibles para el átomo, el electrón y la luz (radiación en general), una generación brillante de físicos europeos, entre los que destacaban Rutherford, Bohr, De Broglie, Heissemberg, Born, Dirac y Schroedinger elaboraron una formulación denominada mecánica cuántica que presenta los principios y las reglas que rigen el comportamiento de las partículas fundamentales. Estas partículas no son ni con mucho de la misma naturaleza de los objetos de escala humana o astronómica. Ni siquiera “ocupan” un lugar “definido” en el espacio, sino que son más bien una suerte de ondas de materia con mayores o menores probabilidades de ocupar ciertas regiones del espacio. Así se rompía con varios elementos antropocentristas de la física clásica previa al siglo XX, creando un mundo nuevo, lleno de incertidumbre y con lugar para el caos.
El principio de incertidumbre de Heissemberg – consecuencia natural de la mecánica cuántica -, por ejemplo, anuncia que no se puede conocer con absoluta certeza la posición y la velocidad de una partícula al mismo tiempo, aspecto impensable en la física clásica y que rompe profundas concepciones. En los tres últimos cuartos de siglo XX, la mecánica cuántica y su sofisticada teoría de campos cuánticos has sido exitosamente aplicadas en la descripción de tres de las cuatro interacciones que se conocen en el universo, con excepción de la gravedad. Sin embargo, aún hay mucho trabajo por hacer hasta llegar a una teoría unificada que incluya a la gravedad y a todas las partículas fundamentales conocidas, la ansiada “Teoría del Todo”.
De la física cuántica han derivado, asimismo, desarrollo tecnológicos que han marcado el derrotero del siglo que pasó. La tecnología nuclear, la electrónica, las comunicaciones y la informática son quizás los ejemplos más deslumbrantes. Las consecuencias sociales han sido múltiples y complejas, pero debe recalcarse que las responsabilidades por los estragos y catástrofes mundiales del siglo XX no recaen ni en la ciencia ni en tecnología per se. Las miserias humanas son milenarias y simplemente se han hecho más sofisticadas en formas y medios con el paso del tiempo. Acaso el mayor desafío de la educación moderna sea desarrollar la conciencia de que la comprensión y utilización de los recursos de la naturaleza no son ajenos a nuestro intentos paralelos por construir una sociedad libre y justa.
Ciertamente, por primera vez hoy tenemos la capacidad tecnológica para autoelimanarnos como especie. Pero al mismo tiempo, gracias a la ciencia y a la tecnología tenemos la oportunidad de utilizar inteligentemente nuevos recursos para que la humanidad progrese hacia estadios de mayor justicia y libertad. Por último, evitar nuestra extinción es una circunstancia que no se puede dejara al azar, presumo; muy a pesar de que la física cuántica haya puesto en vigencia que vivimos en un universo que – nuestra escala – pareciera funcionar como un predecible mecanismo de relojería, aun cuando descanse sobre un intrincado mundo subátómico sujeto a los azares de las probabilidades. Y a la luz de la historia, ésta es, qué duda cabe, una de las más finas ironías del siglo XX.
El Violin de Einstein
29-Enero-2000
EL VIOLÍN DE EINSTEIN
DIARIO: EXPRESO
Para mucha presa, legítima y válidamente aceptada a las estadísticas y los recuentos – como la revista Time -, Albert Einstein ha sido más significativa representación de lo que el siglo veinte produjo. Frente a ciertos comentarios, algo desubicados, que en los últimos días han aparecido sobre la figura y obra de este científico de origen alemán, conviene hacer ciertas precisiones en cuanto a sus contribuciones.
Ya se ha anotado que como nunca antes en la historia de la humanidad, la ciencia y la tecnología se desarrollaron a una velocidad inigualable en este siglo, provocando cambios sin precedentes en el rubro histórico de la humanidad. Para muestra, dos ejemplos. La revolución de la microelectrónica –que hoy se dirige a la nanoelectrónica –
coadyuvó a un mejoramiento de la calidad de vida humana (piénsese en la TV, las computadoras, internet, etc.) con todas las consecuencias sociales que ello implica.
El descubrimiento de la energía nuclear – mal o bien – cambió el curso de la historia este siglo y, bien controlada, nos ofrece un potencial enorme en el futuro. En el corazón mismo de estos dos ejemplos subyace la física del siglo veinte y sus dos revoluciones: la relatividad y la cuántica. Albert Einstein desarrolló exclusivamente la primera y fue uno de los padres de la segunda. De sus grandes contribuciones científicas en las disciplinas ya mencionadas, además de la mecánica estadística, es la relatividad, que constituye su obra más trascendente.
Históricamente, la teoría de la relatividad de Albert Einstein reformula la visión clásica y newtoniana del espacio, el tiempo y el movimiento cuando los fenómenos físicos son observaciones desde marcos de referencia en movimiento relativo. Cuando se intenta comprender los misterios más intrincados de la naturaleza desde esta nueva perspectiva, el sentido común o intuición que nos pudiera ofrecer la menor de las mundanas cotidianidades es pulverizado por un conjunto de principios que normalmente exigen una mínima actitud lógico – matemática para ser digeridos con solvencia. Así, con Einstein, el proceso de intuición física es obligado a pegar un salto gigantesco hacia una mayor elaboración. Una que nos urge a despojar de nuestras mentes la monotonía de la observación inmediata y superficial. De esta manera, estos nuevos principios le confieren a la física teórica armas conceptuales que no tenía antes. Es imposible sustraerse a la belleza lógica matemática y conceptual de las que goza la relatividad, quizás inigualable por otra disciplina de la física. Y ello puede deberse a que fue mayormente construida por la razón pura, siendo Einstein un exquisito artista de la lógica. Su laboratorio se reducía a un lápiz y un papel.
Amante del violín, solía afirmar que el Universo es como la música. Y claro, cada peldaño de su escalera lógica causa una sensación parecida a la de un acorde musical perfectamente ejecutado de una pieza de Mozart, su músico favorito. Einstein tuvo el atrevimiento de poner en entredicho las bases del edificio conceptual sobre el cual la física de Newton – poco menos que una deidad intocable en la comunidad científica de entonces – había sido construida. Y esto exigía una gran dosis de irreverencia, en gran parte azuzado por la lectura de Ernst Mach – filósofo alemán y severo crítico de los conceptos newtonianos – tiene su punto más alto en la relativización del espacio y el tiempo. Cuando se estudia esta teoría existen al menos dos formas de comprender esta relativización: una es directamente intuitiva y es la más complicada; otra es matemática y ayuda mucho a desarrollar la intuitiva que al final es la que debe ser digerida para comprender bien la teoría. No es difícil imaginar la enorme dificultad que encontró Einstein para persuadir a la comunidad científica de la veracidad de su teoría. La mayor parte de científicos seguían atados a las ideas newtonianas del espacio y del tiempo cuando Einstein publica la primera parte de su teoría de la relatividad en 1905. Por ello, no es difícil comprender que el premio Nóbel de física se lo otorgaran 16 años después por otro trabajo importante que presentó al mismo tiempo (el efecto fotoeléctrico), aunque comparativamente de menor trascendencia.
EL VIOLÍN DE EINSTEIN
DIARIO: EXPRESO
Para mucha presa, legítima y válidamente aceptada a las estadísticas y los recuentos – como la revista Time -, Albert Einstein ha sido más significativa representación de lo que el siglo veinte produjo. Frente a ciertos comentarios, algo desubicados, que en los últimos días han aparecido sobre la figura y obra de este científico de origen alemán, conviene hacer ciertas precisiones en cuanto a sus contribuciones.
Ya se ha anotado que como nunca antes en la historia de la humanidad, la ciencia y la tecnología se desarrollaron a una velocidad inigualable en este siglo, provocando cambios sin precedentes en el rubro histórico de la humanidad. Para muestra, dos ejemplos. La revolución de la microelectrónica –que hoy se dirige a la nanoelectrónica –
coadyuvó a un mejoramiento de la calidad de vida humana (piénsese en la TV, las computadoras, internet, etc.) con todas las consecuencias sociales que ello implica.
El descubrimiento de la energía nuclear – mal o bien – cambió el curso de la historia este siglo y, bien controlada, nos ofrece un potencial enorme en el futuro. En el corazón mismo de estos dos ejemplos subyace la física del siglo veinte y sus dos revoluciones: la relatividad y la cuántica. Albert Einstein desarrolló exclusivamente la primera y fue uno de los padres de la segunda. De sus grandes contribuciones científicas en las disciplinas ya mencionadas, además de la mecánica estadística, es la relatividad, que constituye su obra más trascendente.
Históricamente, la teoría de la relatividad de Albert Einstein reformula la visión clásica y newtoniana del espacio, el tiempo y el movimiento cuando los fenómenos físicos son observaciones desde marcos de referencia en movimiento relativo. Cuando se intenta comprender los misterios más intrincados de la naturaleza desde esta nueva perspectiva, el sentido común o intuición que nos pudiera ofrecer la menor de las mundanas cotidianidades es pulverizado por un conjunto de principios que normalmente exigen una mínima actitud lógico – matemática para ser digeridos con solvencia. Así, con Einstein, el proceso de intuición física es obligado a pegar un salto gigantesco hacia una mayor elaboración. Una que nos urge a despojar de nuestras mentes la monotonía de la observación inmediata y superficial. De esta manera, estos nuevos principios le confieren a la física teórica armas conceptuales que no tenía antes. Es imposible sustraerse a la belleza lógica matemática y conceptual de las que goza la relatividad, quizás inigualable por otra disciplina de la física. Y ello puede deberse a que fue mayormente construida por la razón pura, siendo Einstein un exquisito artista de la lógica. Su laboratorio se reducía a un lápiz y un papel.
Amante del violín, solía afirmar que el Universo es como la música. Y claro, cada peldaño de su escalera lógica causa una sensación parecida a la de un acorde musical perfectamente ejecutado de una pieza de Mozart, su músico favorito. Einstein tuvo el atrevimiento de poner en entredicho las bases del edificio conceptual sobre el cual la física de Newton – poco menos que una deidad intocable en la comunidad científica de entonces – había sido construida. Y esto exigía una gran dosis de irreverencia, en gran parte azuzado por la lectura de Ernst Mach – filósofo alemán y severo crítico de los conceptos newtonianos – tiene su punto más alto en la relativización del espacio y el tiempo. Cuando se estudia esta teoría existen al menos dos formas de comprender esta relativización: una es directamente intuitiva y es la más complicada; otra es matemática y ayuda mucho a desarrollar la intuitiva que al final es la que debe ser digerida para comprender bien la teoría. No es difícil imaginar la enorme dificultad que encontró Einstein para persuadir a la comunidad científica de la veracidad de su teoría. La mayor parte de científicos seguían atados a las ideas newtonianas del espacio y del tiempo cuando Einstein publica la primera parte de su teoría de la relatividad en 1905. Por ello, no es difícil comprender que el premio Nóbel de física se lo otorgaran 16 años después por otro trabajo importante que presentó al mismo tiempo (el efecto fotoeléctrico), aunque comparativamente de menor trascendencia.
El Siglo de la Ciencia y la Tecnologia
24-Enero-2000
EL SIGLO DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA
En discurso pronunciado el pasado viernes 21 de enero en el Instituto Tecnológico de California (Caltech), el presidente estadounidense, Bill Clinton, anunció un incremento del 17% en el presupuesto asignado a la investigación científica en los EEUU correspondiente al año 2001. El presupuesto totaliza la suma de 39,900 millones de dólares, dinero que el gobierno americano gastará exclusivamente en investigación científico – tecnológica el próximo año.
Aproximadamente el 50% de estos fondos se repartirán entre los cientos de departamentos académicos de las universidades de ese país a través de decenas de miles de proyectos de investigación en los campos más diversos. La otra mitad se destinará a los institutos y laboratorios nacionales de investigación.
Este anuncio puede interpretarse como una respuesta táctica a las preguntas que los expertos en políticas de ciencia y tecnología de ese país se han venido haciendo desde hace unos pocos años a raíz del repentino decrecimiento presupuestal en estos rubros después del final de la guerra fría. ¿En qué medida las universidades deberían intentar cubrir el vacío existente entre las investigación en ciencia fundamental y el desarrollo aplicado con utilidad económica inmediata, lo que Vernon Ehlers llama “el valle de la muerte de la innovación”?. ¿ Debería el gobierno proveer de fondos para tal trabajo o dejárselo a los capitanes de riesgo y negocios o quizás a los recursos de las propias universidades?.
El presidente Clinton responde a estas preguntas considerando a la investigación universitaria como una de las más altas prioridades nacionales, acompañando sus palabras con un elocuente incremento de más de mil millones de dólares para la realización de su propuesta. Para Clinton, la investigación en las universidades provee el tipo de descubrimientos fundamentales que se constituyen en los más importantes bloques edificadores de toda nueva tecnología y tratamiento. También, añade, ayuda a producir la siguiente generación de científicos, ingenieros y emprendedores.
“Mi presupuesto cubre incrementos no sólo en investigación biomédica, sino también en todas las disciplinas científicas y de ingeniería”, dijo el mandatario estadounidense. Y en una parte de su discurso se dirige a los directamente involucrados: “Como ustedes saben, los avances en un campo dependen frecuentemente de los hallazgos en otras disciplinas... Algunos de nuestros objetivos de investigación pueden tomar 20 o más años, pero se por eso precisamente que se convierte en un importante rol para el gobierno...”
Frente a todo, ¿cuál es el papel que al Perú, como país de economía emergente, le toca jugar en ciencia y tecnología?. ¿Existe un interés de parte del gobierno actual, de los candidatos presidenciales, o en fin, de la comunidad política general para enfocar siquiera el asunto de la ciencia y la tecnología en nuestro país?. ¿Seguiremos esperando sin hacer nada mientras las economías desarrolladas se distancian cada ves más?.
EL SIGLO DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA
En discurso pronunciado el pasado viernes 21 de enero en el Instituto Tecnológico de California (Caltech), el presidente estadounidense, Bill Clinton, anunció un incremento del 17% en el presupuesto asignado a la investigación científica en los EEUU correspondiente al año 2001. El presupuesto totaliza la suma de 39,900 millones de dólares, dinero que el gobierno americano gastará exclusivamente en investigación científico – tecnológica el próximo año.
Aproximadamente el 50% de estos fondos se repartirán entre los cientos de departamentos académicos de las universidades de ese país a través de decenas de miles de proyectos de investigación en los campos más diversos. La otra mitad se destinará a los institutos y laboratorios nacionales de investigación.
Este anuncio puede interpretarse como una respuesta táctica a las preguntas que los expertos en políticas de ciencia y tecnología de ese país se han venido haciendo desde hace unos pocos años a raíz del repentino decrecimiento presupuestal en estos rubros después del final de la guerra fría. ¿En qué medida las universidades deberían intentar cubrir el vacío existente entre las investigación en ciencia fundamental y el desarrollo aplicado con utilidad económica inmediata, lo que Vernon Ehlers llama “el valle de la muerte de la innovación”?. ¿ Debería el gobierno proveer de fondos para tal trabajo o dejárselo a los capitanes de riesgo y negocios o quizás a los recursos de las propias universidades?.
El presidente Clinton responde a estas preguntas considerando a la investigación universitaria como una de las más altas prioridades nacionales, acompañando sus palabras con un elocuente incremento de más de mil millones de dólares para la realización de su propuesta. Para Clinton, la investigación en las universidades provee el tipo de descubrimientos fundamentales que se constituyen en los más importantes bloques edificadores de toda nueva tecnología y tratamiento. También, añade, ayuda a producir la siguiente generación de científicos, ingenieros y emprendedores.
“Mi presupuesto cubre incrementos no sólo en investigación biomédica, sino también en todas las disciplinas científicas y de ingeniería”, dijo el mandatario estadounidense. Y en una parte de su discurso se dirige a los directamente involucrados: “Como ustedes saben, los avances en un campo dependen frecuentemente de los hallazgos en otras disciplinas... Algunos de nuestros objetivos de investigación pueden tomar 20 o más años, pero se por eso precisamente que se convierte en un importante rol para el gobierno...”
Frente a todo, ¿cuál es el papel que al Perú, como país de economía emergente, le toca jugar en ciencia y tecnología?. ¿Existe un interés de parte del gobierno actual, de los candidatos presidenciales, o en fin, de la comunidad política general para enfocar siquiera el asunto de la ciencia y la tecnología en nuestro país?. ¿Seguiremos esperando sin hacer nada mientras las economías desarrolladas se distancian cada ves más?.
La Ciencia y Tecnologia: Una Necesidad
12-Setiembre-1999
LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA: UNA NECESIDAD (Y NO UN MERO ADORNO)
Manuel Morales Paliza.
Con relación al artículo de opinión El patito feo de nuestra modernidad de Luis J. Destéfano Beltrán (expreso 12.9.99), me permito hacer algunas reflexiones. Si existe una diferencia enorme en los indicadores de desarrollo económico (como los define digamos el Banco Mundial) entre los países industrializados y los que se encuentran “en vías de desarrollo” – como el nuestro -, la diferencia en la inversión en Ciencia y Tecnología (C y T) es todavía pavorosamente abismal. ¿Cómo se explica que el presupuesto anual para investigación de un solo departamento académico dedicado a la C y T ( ni siquiera de la universidad completa) de una universidad promedio de las cerca de 5,000 existentes de los Estados Unidos sea mayor que todo el dinero estatal invertido a nivel país en C y T en el Perú?
¿Es que acaso a los gringos les gusta despilfarrar sus recursos? Por supuesto que no. Lo que están haciendo es lo que hacen ahora todos los países que se preocupan inteligentemente de su futuro, y en cierto modo, lo que el sentido común dicta: están entrenando y aprovechando a los recursos humanos más talentosos dedicados a; descubrimiento de nuevas fronteras del conocimiento y su aprovechamiento práctico mediato e inmediato. Estas ya no son más fronteras para el exclusivo solaz intelectual, sino que son la más poderosa ventaja comparativa que las potencias tienen para competir y seguir creciendo sostenidamente y por tanto generar a la larga mayor bienestar en sus ciudadanos.
El extraordinario crecimiento de los Estados Unidos en la era Clinton se debe en gran parte a esta inversión al servicio de la aparición de nuevas actividades económicas derivadas fundamentalmente de la revolución informática de esta década. Asimismo, cada vez más aceleradamente se aprecia que las actividades financieras con valor de C y T agregado son las que generan mayores réditos. Esta es una tendencia irreversible y en un mundo como el actual – globalizado e interconectado – mucho más temprano que tarde será uno de los factores – sino acaso el más importante – que decida en futuro económico de una nación. En nuestro país, ya no se puede aceptar más como argumento válido aquel que vocifera que existen problemas más urgentes por resolver. Visto en la perspectiva futura, éste es uno de esos problemas urgentes por resolver. La sociedad que descuida sus recursos humanos más talentosos se termina por marchitar.
Otro exceso del discurso teórico que se escucha a menudo en cierto sector de nuestra clase política es que el mercado lo resuelve todo. Esa es una utopía tan inválida como aquella que los medios de producción debía estar en las manos de todos por igual. El Estado es un ente promotor y garante del mercado, pero debe dedicarse con todo rigor a las tareas finas del desarrollo sostenido. La formación de recursos humanos de la más alta calidad mundial en C y T es una de esas tareas finas.
El encomiable esfuerzo por incorporar a la industria a la C y T nacional a través de la formación de empresas tecnológicas en algunas universidades es y será insuficiente. Lo que se necesita es una participación agresiva del Estado, como se hizo, se hace y se hará en todos los países que alcanzan el desarrollo sostenido. Nuestro sector privado – por sus características mercantilistas de corto plazo – no puede proveer los recursos necesarios que creen aquella “masa crítica” de científicos de la que habla el articulista. Sin embargo, creo que tenemos ahora la suficiente estabilidad económica y social – mínima si se quiere – para empezar a preocuparnos de las cuestiones más finas del desarrollo sostenido. La C y T es una de ellas, quizás la más importante. Brasil, Colombia, Chile, México y Argentina – por mencionar sólo países latinoamericanos – nos llevan ya una ventaja sideral en C y T.
Si aspiramos a ser un país líder en la región ya n podemos perder más tiempo. Por lo tanto, y a tono con la propuesta final del articulista, mi voto en las elecciones presidenciales venideras irá por el candidato que tenga una idea clara del desarrollo del Perú en este nuevo contexto mundial en el que la C y T se alza como una condición necesaria del bienestar de una nación.
EL PATITO FEO DE NUESTRA MODERNIDAD.
AUTOR: Luis J. Destéfano Beltrán.
En este ambiente electoral de fin de siglo valga la oportunidad para abrir el debate sobre el sector de la Ciencia y la Tecnología (T y C): nuestro patito feo a lo largo de toda nuestra historia.
Lamentablemente el origen del atraso en este sector es la consecuencia lógica de la falta de visión de nuestra clase política. Un país que no hace ciencia está condenado al fracaso y a la mediocridad. Así, nuestra industria nacional, hambrienta de tecnología, prefiere importarla en lugar de desarrollarla –“ los famosos paquetes tecnológicos”-, quedando atrapada en el circulo vicioso de la dependencia tecnológica: un camino seguro al subdesarrollo.
Los expertos nos dicen que en los países desarrollados hasta un tercio del PBI es consecuencia directa o indirecta de la inversión pública o privada en C y T. Nada mal para una inversión que en el mejor de los casos no pasa del 3% del PBI.
Si miramos más cerca, aquí en Latinoamérica, encontraremos que casi todos los países han realizado cambios radicales en lo que respecta al desarrollo de la C y T. Colombia merece una mención especial. A comienzo de la década se propuso desarrollar recursos humanos enviando al extranjero a lo mejor de sus profesionales. La meta era tener 2,000 Ph. D en casi todas las áreas del conocimiento, pero en especial en las ciencias básicas y en las ingenierías. Demás está decir que lo están por lograr y que a pesar de los numerosos problemas por los que pasa nuestro vecino país no dejan de invertir en ciencia.
El presupuesto de Conciencias para este año es casi de diez veces lo que el gobierno peruano destina al Concytec. Pero la inversión no es sólo pública, los cafeteros y los cañeros colombianos tienen desde hace muchos años en Cenicafe y en Cenicaña a los dos centros de investigación y asesoramiento técnico del primer nivel. Se calcula que solo las nuevas variables de café y de caña de azúcar desarrolladas en esos centros son responsables de un incremento anual en la productividad del 2% durante la última década. Sin embargo, el desarrollo científico colombiano no se concentra únicamente en la agricultura sino también en la investigación medica. El Instituto de Inmunología, bajo la dirección del Doctor Manuel Elkin Patarroyo, y con el aporte de más de 180 investigadores, todos ellos con doctorados y post doctorados en el extranjero, ha logrado avances significativos en el desarrollo de vacunas contra la malaria y muy pronto la tuberculosis, lepra y leishmaniasis.
En nuestro país, el gobierno actual, pecando de un exceso de ortodoxia, ha querido dejar de toda la inversión al sector privado. Se equivoca completamente. Lo primero en todo esquena de desarrollo en C y T es la obtención de una “masa crítica” de científicos en el país y eso toma tiempo y dinero. Formar un científico puede tomar, entre el doctorado y dos pasantías de post doctorado, hasta diez años con un costo que puede fácilmente pasar los 200,000 dólares. Lo urgente entonces es empezar una inversión agresiva en la formación de personal calificado, el establecimiento de centros de excelencia en las diferentes áreas que el Concytec ha declarado como estratégicas para el desarrollo del país, y un programa de reinserción de científicos peruanos que actualmente trabajan en el extranjero. En base a esta infraestructura el sector privado podrá invertir en proyectos puntuales de acuerdo a sus necesidades tecnológicas. Es el famoso “strategic partnership” que la administración Clinton ha postulado desde sus inicios y cuyos resultados se sumarizan en un libro publicado recientemente (Investing in Innovation: Creating a Research and Innovation Policy That Works, Agosto, 1999).
Para terminar, propongo que no se tome en serio a ningún candidato a la presencia que no tenga, entre sus diez primeras propuestas un plan de desarrollo – esta vez en serio – de una infraestructura nacional en C y T.
LA CIENCIA Y TECNOLOGÍA: UNA NECESIDAD (Y NO UN MERO ADORNO)
Manuel Morales Paliza.
Con relación al artículo de opinión El patito feo de nuestra modernidad de Luis J. Destéfano Beltrán (expreso 12.9.99), me permito hacer algunas reflexiones. Si existe una diferencia enorme en los indicadores de desarrollo económico (como los define digamos el Banco Mundial) entre los países industrializados y los que se encuentran “en vías de desarrollo” – como el nuestro -, la diferencia en la inversión en Ciencia y Tecnología (C y T) es todavía pavorosamente abismal. ¿Cómo se explica que el presupuesto anual para investigación de un solo departamento académico dedicado a la C y T ( ni siquiera de la universidad completa) de una universidad promedio de las cerca de 5,000 existentes de los Estados Unidos sea mayor que todo el dinero estatal invertido a nivel país en C y T en el Perú?
¿Es que acaso a los gringos les gusta despilfarrar sus recursos? Por supuesto que no. Lo que están haciendo es lo que hacen ahora todos los países que se preocupan inteligentemente de su futuro, y en cierto modo, lo que el sentido común dicta: están entrenando y aprovechando a los recursos humanos más talentosos dedicados a; descubrimiento de nuevas fronteras del conocimiento y su aprovechamiento práctico mediato e inmediato. Estas ya no son más fronteras para el exclusivo solaz intelectual, sino que son la más poderosa ventaja comparativa que las potencias tienen para competir y seguir creciendo sostenidamente y por tanto generar a la larga mayor bienestar en sus ciudadanos.
El extraordinario crecimiento de los Estados Unidos en la era Clinton se debe en gran parte a esta inversión al servicio de la aparición de nuevas actividades económicas derivadas fundamentalmente de la revolución informática de esta década. Asimismo, cada vez más aceleradamente se aprecia que las actividades financieras con valor de C y T agregado son las que generan mayores réditos. Esta es una tendencia irreversible y en un mundo como el actual – globalizado e interconectado – mucho más temprano que tarde será uno de los factores – sino acaso el más importante – que decida en futuro económico de una nación. En nuestro país, ya no se puede aceptar más como argumento válido aquel que vocifera que existen problemas más urgentes por resolver. Visto en la perspectiva futura, éste es uno de esos problemas urgentes por resolver. La sociedad que descuida sus recursos humanos más talentosos se termina por marchitar.
Otro exceso del discurso teórico que se escucha a menudo en cierto sector de nuestra clase política es que el mercado lo resuelve todo. Esa es una utopía tan inválida como aquella que los medios de producción debía estar en las manos de todos por igual. El Estado es un ente promotor y garante del mercado, pero debe dedicarse con todo rigor a las tareas finas del desarrollo sostenido. La formación de recursos humanos de la más alta calidad mundial en C y T es una de esas tareas finas.
El encomiable esfuerzo por incorporar a la industria a la C y T nacional a través de la formación de empresas tecnológicas en algunas universidades es y será insuficiente. Lo que se necesita es una participación agresiva del Estado, como se hizo, se hace y se hará en todos los países que alcanzan el desarrollo sostenido. Nuestro sector privado – por sus características mercantilistas de corto plazo – no puede proveer los recursos necesarios que creen aquella “masa crítica” de científicos de la que habla el articulista. Sin embargo, creo que tenemos ahora la suficiente estabilidad económica y social – mínima si se quiere – para empezar a preocuparnos de las cuestiones más finas del desarrollo sostenido. La C y T es una de ellas, quizás la más importante. Brasil, Colombia, Chile, México y Argentina – por mencionar sólo países latinoamericanos – nos llevan ya una ventaja sideral en C y T.
Si aspiramos a ser un país líder en la región ya n podemos perder más tiempo. Por lo tanto, y a tono con la propuesta final del articulista, mi voto en las elecciones presidenciales venideras irá por el candidato que tenga una idea clara del desarrollo del Perú en este nuevo contexto mundial en el que la C y T se alza como una condición necesaria del bienestar de una nación.
EL PATITO FEO DE NUESTRA MODERNIDAD.
AUTOR: Luis J. Destéfano Beltrán.
En este ambiente electoral de fin de siglo valga la oportunidad para abrir el debate sobre el sector de la Ciencia y la Tecnología (T y C): nuestro patito feo a lo largo de toda nuestra historia.
Lamentablemente el origen del atraso en este sector es la consecuencia lógica de la falta de visión de nuestra clase política. Un país que no hace ciencia está condenado al fracaso y a la mediocridad. Así, nuestra industria nacional, hambrienta de tecnología, prefiere importarla en lugar de desarrollarla –“ los famosos paquetes tecnológicos”-, quedando atrapada en el circulo vicioso de la dependencia tecnológica: un camino seguro al subdesarrollo.
Los expertos nos dicen que en los países desarrollados hasta un tercio del PBI es consecuencia directa o indirecta de la inversión pública o privada en C y T. Nada mal para una inversión que en el mejor de los casos no pasa del 3% del PBI.
Si miramos más cerca, aquí en Latinoamérica, encontraremos que casi todos los países han realizado cambios radicales en lo que respecta al desarrollo de la C y T. Colombia merece una mención especial. A comienzo de la década se propuso desarrollar recursos humanos enviando al extranjero a lo mejor de sus profesionales. La meta era tener 2,000 Ph. D en casi todas las áreas del conocimiento, pero en especial en las ciencias básicas y en las ingenierías. Demás está decir que lo están por lograr y que a pesar de los numerosos problemas por los que pasa nuestro vecino país no dejan de invertir en ciencia.
El presupuesto de Conciencias para este año es casi de diez veces lo que el gobierno peruano destina al Concytec. Pero la inversión no es sólo pública, los cafeteros y los cañeros colombianos tienen desde hace muchos años en Cenicafe y en Cenicaña a los dos centros de investigación y asesoramiento técnico del primer nivel. Se calcula que solo las nuevas variables de café y de caña de azúcar desarrolladas en esos centros son responsables de un incremento anual en la productividad del 2% durante la última década. Sin embargo, el desarrollo científico colombiano no se concentra únicamente en la agricultura sino también en la investigación medica. El Instituto de Inmunología, bajo la dirección del Doctor Manuel Elkin Patarroyo, y con el aporte de más de 180 investigadores, todos ellos con doctorados y post doctorados en el extranjero, ha logrado avances significativos en el desarrollo de vacunas contra la malaria y muy pronto la tuberculosis, lepra y leishmaniasis.
En nuestro país, el gobierno actual, pecando de un exceso de ortodoxia, ha querido dejar de toda la inversión al sector privado. Se equivoca completamente. Lo primero en todo esquena de desarrollo en C y T es la obtención de una “masa crítica” de científicos en el país y eso toma tiempo y dinero. Formar un científico puede tomar, entre el doctorado y dos pasantías de post doctorado, hasta diez años con un costo que puede fácilmente pasar los 200,000 dólares. Lo urgente entonces es empezar una inversión agresiva en la formación de personal calificado, el establecimiento de centros de excelencia en las diferentes áreas que el Concytec ha declarado como estratégicas para el desarrollo del país, y un programa de reinserción de científicos peruanos que actualmente trabajan en el extranjero. En base a esta infraestructura el sector privado podrá invertir en proyectos puntuales de acuerdo a sus necesidades tecnológicas. Es el famoso “strategic partnership” que la administración Clinton ha postulado desde sus inicios y cuyos resultados se sumarizan en un libro publicado recientemente (Investing in Innovation: Creating a Research and Innovation Policy That Works, Agosto, 1999).
Para terminar, propongo que no se tome en serio a ningún candidato a la presencia que no tenga, entre sus diez primeras propuestas un plan de desarrollo – esta vez en serio – de una infraestructura nacional en C y T.
MVLL, El Maximalista
09-Octubre-1999
MVLL, EL MAXIMALISTA
En un artículo publicado en el diario El País de Madrid el 4/10/99, intitulado Los sicarios, el escritor Mario Vargas Llosa hace un comentario excesivo – por decir lo menos – contra el gobierno peruano. Afirma lo siguiente: “En el Perú la frágil democracia no sobrevivió al terrorismo de Sendero Luminoso y a la inflación y los peruanos sufren desde 1992 un régimen autoritario, con un fantoche civil al frente, y una pandilla militar de torturadores y asesinos en la sombra que preside el celebérrimo capitán Vladimiro Montesinos, personaje digno de figurar en la Historia Universal de la Infamia, de Borges”. Creo que Vargas Llosa está cayendo en un extremo peligroso, uno en el que el dogma y la razón se entrecruza así como la realidad y la ficción lo pueden hacer, según el mismo lo señala en el mismo artículo refiriéndose a las pandillas adolescentes (“los sicarios”) que operarían como asesinos a sueldo en la Colombia convulsionada de estos tiempos.
En mi modesto entender, la democracia y la libertad no son valores per se, en el sentido que no deberían estar por encima del derecho a la vida y al bienestar de una sociedad. No acepto que lo que se llama democracia y lo que se llama democracia y lo que se llama libertad generen en todos los casos una sociedad de bienestar. El carácter filosófico de los términos democracia y libertad lo hacen aún materia de debate y, por ello, en ciertos escenarios pueden generar un limbo conceptual en el cual puede llegar a ser sumamente controversial el poder identificar sus alcances.
Por lo mismo, el afirmar tajantemente que sólo la democracia y la libertad generarán una sociedad de bienestar me suena más a dogma que a un argumento justificable con rigurosidad. Y es un espejismo racional que creo se ha generado primero por un pavor - justificable – al fracaso totalitarismo en cualquiera de sus formas y segundo, porque democracia y libertad son ideas abiertas a la discusión filosófica e involucran procesos con varias aristas complejas que han sido sobresimplificadas en el discurso político en prácticamente el mundo entero. Llamemos a esta sobresimplificación conceptual “lógica simplificada”. En este contexto reducido, puedo aceptar que las evidencias de la historia mundial reciente muestran a la democracia como el mejor sistema que conocemos para generar bienestar, pero de allí a decir que es perfecto o que no puede haber otra opción por crearse hay un abismo. Por favor, no convirtamos la hipotética ecuación democracia + libertad = bienestar es una verdad absoluta como crear dogmas en el ejercicio racional de las ciencias sociales. Y el dogma implica aceptar limitaciones, y por ello, tiene a aniquilar la creatividad y el progreso.
No soy fujimorista ni pienso votar por Fujimori si se presenta como candidato en las elecciones presidenciales del próximo año. Pero ellos no me otorgan autoridad para despotricar de los logros de su gobierno. Cuando la democracia es débil y está mal conformada, tal que no sea posible encontrar mecanismos dentro del mismo sistema para corregirse a si misma, es – a la luz de lo ocurrido en nuestro país, por ejemplo – perfectamente posible que se pueda convertir en un sistema nocivo que nos pueda desviar de los objetivos que persigue. Ergo, puede llegarse a situaciones límite en las que es necesario tomar acciones – fuera del sistema porque éste ya no es más útil – que nos reencaucen.
Si el Presidente de nuestro país tuvo que sobrellevar acciones que socavaron “ los elementos intocables” de una democracia (léase, el Congreso) con el fin de derrotar, entre otros enemigos de la democracia a uno – el terrorismo – que se había instalado en las entrañas mismas de nuestro sistema político jugando trampas legales y usando tontos útiles como congresistas y jueces, lo hizo con la esperanza de lograr ese fin. Y la justificación de su acción se halla fuera del terreno de la “lógica simplificada” de los términos democracia y la libertad aceptar razones para el autogolpe de Fujimori, porque ellos se mueven en el terreno “seguro” de esta “lógica simplificada”. Siete años después de autogolpe de Fujimori, la perspectiva histórica indica que se ha avanzado significativamente en el cumplimiento de los objetivos más importantes que se propuso.
MVLL, EL MAXIMALISTA
En un artículo publicado en el diario El País de Madrid el 4/10/99, intitulado Los sicarios, el escritor Mario Vargas Llosa hace un comentario excesivo – por decir lo menos – contra el gobierno peruano. Afirma lo siguiente: “En el Perú la frágil democracia no sobrevivió al terrorismo de Sendero Luminoso y a la inflación y los peruanos sufren desde 1992 un régimen autoritario, con un fantoche civil al frente, y una pandilla militar de torturadores y asesinos en la sombra que preside el celebérrimo capitán Vladimiro Montesinos, personaje digno de figurar en la Historia Universal de la Infamia, de Borges”. Creo que Vargas Llosa está cayendo en un extremo peligroso, uno en el que el dogma y la razón se entrecruza así como la realidad y la ficción lo pueden hacer, según el mismo lo señala en el mismo artículo refiriéndose a las pandillas adolescentes (“los sicarios”) que operarían como asesinos a sueldo en la Colombia convulsionada de estos tiempos.
En mi modesto entender, la democracia y la libertad no son valores per se, en el sentido que no deberían estar por encima del derecho a la vida y al bienestar de una sociedad. No acepto que lo que se llama democracia y lo que se llama democracia y lo que se llama libertad generen en todos los casos una sociedad de bienestar. El carácter filosófico de los términos democracia y libertad lo hacen aún materia de debate y, por ello, en ciertos escenarios pueden generar un limbo conceptual en el cual puede llegar a ser sumamente controversial el poder identificar sus alcances.
Por lo mismo, el afirmar tajantemente que sólo la democracia y la libertad generarán una sociedad de bienestar me suena más a dogma que a un argumento justificable con rigurosidad. Y es un espejismo racional que creo se ha generado primero por un pavor - justificable – al fracaso totalitarismo en cualquiera de sus formas y segundo, porque democracia y libertad son ideas abiertas a la discusión filosófica e involucran procesos con varias aristas complejas que han sido sobresimplificadas en el discurso político en prácticamente el mundo entero. Llamemos a esta sobresimplificación conceptual “lógica simplificada”. En este contexto reducido, puedo aceptar que las evidencias de la historia mundial reciente muestran a la democracia como el mejor sistema que conocemos para generar bienestar, pero de allí a decir que es perfecto o que no puede haber otra opción por crearse hay un abismo. Por favor, no convirtamos la hipotética ecuación democracia + libertad = bienestar es una verdad absoluta como crear dogmas en el ejercicio racional de las ciencias sociales. Y el dogma implica aceptar limitaciones, y por ello, tiene a aniquilar la creatividad y el progreso.
No soy fujimorista ni pienso votar por Fujimori si se presenta como candidato en las elecciones presidenciales del próximo año. Pero ellos no me otorgan autoridad para despotricar de los logros de su gobierno. Cuando la democracia es débil y está mal conformada, tal que no sea posible encontrar mecanismos dentro del mismo sistema para corregirse a si misma, es – a la luz de lo ocurrido en nuestro país, por ejemplo – perfectamente posible que se pueda convertir en un sistema nocivo que nos pueda desviar de los objetivos que persigue. Ergo, puede llegarse a situaciones límite en las que es necesario tomar acciones – fuera del sistema porque éste ya no es más útil – que nos reencaucen.
Si el Presidente de nuestro país tuvo que sobrellevar acciones que socavaron “ los elementos intocables” de una democracia (léase, el Congreso) con el fin de derrotar, entre otros enemigos de la democracia a uno – el terrorismo – que se había instalado en las entrañas mismas de nuestro sistema político jugando trampas legales y usando tontos útiles como congresistas y jueces, lo hizo con la esperanza de lograr ese fin. Y la justificación de su acción se halla fuera del terreno de la “lógica simplificada” de los términos democracia y la libertad aceptar razones para el autogolpe de Fujimori, porque ellos se mueven en el terreno “seguro” de esta “lógica simplificada”. Siete años después de autogolpe de Fujimori, la perspectiva histórica indica que se ha avanzado significativamente en el cumplimiento de los objetivos más importantes que se propuso.
Subscribe to:
Posts (Atom)