Wednesday, November 14, 2007

25-Agosto-1999

DESCENTRALISMO EN MEDIO DE LA DIVERSIDAD

Manuel Morales Paliza

Con relación al artículo de opinión Desintegración Nacional del señor Vásquez (publicada en su diario el 25.8.99), me permito hacer algunas reflexiones. Hace unos cinco años, en una conferencia desarrollada en Europa, coincidí con un científico bosnio de mediana edad quien, al enterarse de mi nacionalidad peruana, me felicitó por ser de una sociedad muy diversa étnica y culturalmente que vive en relativa paz y que había sido capaz de controlar la amenaza de división nacional que el terrorismo había provocado poco antes. Durante la conversación, la frase inolvidable que este individuo de formas finas y pelo cano pronuncio y que me retumba aún en los oídos fue: “A pesar de vuestra diversidad, ustedes saben cómo vivir juntos”. Mientras lo acababa de decir con un rostro de sincera admiración, yo no dejaba de pensar en la conflagración balcánica producto de intolerancias nacionalistas que en ese momento tenia a Bosnia como carne de cañón así como en la madre de este científico que había muerto unos meses antes en un bombardero y de su intención por no volver jamás a lo hasta poco había sido su hogar.

Por ello, lo que apunta el autor en su artículo en cuanto al planteado proceso de regionalización es para tenerse muy en cuenta. Un regionalismo mal orientado e implementado es peligroso. Creo que todos estamos conscientes de la necesidad de desahogar a Lima de su excesivo centralismo, pero debemos tener cuidado de hacerlo sin despertar en muchas regiones de nuestro país el espíritu tribal de intolerancia por lo diverso o distinto. Muchas zonas remotas de nuestro país viven aún en la miseria y se encuentran secularmente abandonadas con muy poca o ninguna noción real de unidad en torno al país. Con darles un excesivo poder autónomo regional a estas alturas, se corre el riesgo de despertar mecanismos de desintegración a lo largo de la nación. Lo que si es urgente es que el Estado siga invirtiendo en obras de infraestructuras básica y desarrollo en las zonas mas desvalidas para que sus residentes empiecen a tener mas confianza en el sistema y vean al Estado los apoya y así pueden identificarse con los intereses del país. Solo cuando a lo largo y ancho del país se tenga un desarrollo mínimo y sostenido se podría pensar en un proceso final de regionalización o quizás el paso a un sistema federativo. Antes no. Por ahora, sigamos siendo aquel caleidoscopio cultural y étnico que aprendió a convivir en paz y que despierta admiración en el mundo. Si a esta ventaja comparativa poco común le agregamos desarrollo sostenido, el futuro del Perú será muy promisorio.


DESINTEGRACIÓN NACIONAL

AUTOR: Ricardo Vásquez Kunze

Como en todos los quehaceres de la vida, en política existen dos clases de hombres que según sus frutos, representan la excelencia o medianía de su actividad. Los primeros, siempre pocos, pertenecen a la exclusiva membresía de los estadistas. Los segundos, que son legión, al profano mercado de los demagogos. Un estadista es un político con visión mundial, un hombre que ha dotado por el destino para ver más allá de lo evidente, y en consecuencias, para prevenir los derroteros de la historia. Y la historia es siempre cruel con los desprevenidos. Por eso, el estadista usará de sus poderes para identificar los peligros que acechan al mundo y por ende a su propia patria, para luego amarse de soluciones que fortalecerán su nación a la hora del vendaval. El demagogo por el contrario es el típico ganapán que vive de las coyunturas. Y como tal, su único interés es capitalizar la aprobación de la opinión pública, independientemente de si sus medidas resultan catastróficas a largo plazo y ponen en peligro la existencia misma de su pueblo. Y hoy más que nunca necesitamos los peruanos de estadistas, pues, un fantasma recorre el mundo: el espíritu de las desintegraciones nacionales.

Los ejemplos sobran. La Padania en Italia, Escocia en el Reino Unido, los países Bálticos, del Cáucaso y del Asia central en la ex Unión Soviética, checos y eslovacos en la ex Checoslovaquia, Kosovo y los Balcanes en la ex Yugoslavia, el país Vasco en Espan~a, Québec en Canadá, Chiapas en México, Río Grande do Sul en Brasil, los mapuches en Chile; todos ellos conatos o exitosos desenlaces de movimientos separatistas en la presente década. La causa simplificada de esta tendencia centrífuga es muy simple: una visión individualista del mundo que usa como pretexto y alimento las diferencias humanas de todo tipo, a fin de dividir hasta los límites del paroxismo lo que antes se encontraba tradicionalmente unido en la mente de los pueblos. El objetivo último de esta pulverización es multiplicar los mercados creando ficticios intereses para cada nuevo segmento social a fin de satisfacerlos en desmedro de intereses más vagos y generales. Así pues, sobran aquí los antiguos y sobredimensionados estados- nación con su romántica concepción de identidad y fraternidad nacional.

Hasta hoy este flagelo ha sido desconocido de los peruanos, en gran medida por la fuerte tradición política y cultural incásica e hispánica, formadoras de una conciencia unitaria más que nacional. Y sin embargo nuestro país – con sus diferentes étnicas, lenguas, culturas, y geográfica – tiene todos los ingredientes que, irresponsablemente activados, harían estallar en nuestras narices la bomba divisionista. Ajenos a este contexto mundial y nacional, un grupo de demagogos propone, al amparo de la Constitución y so pretexto de la democratización, la regionalización ipso facto del país, sin prever las consecuencias nefastas que para la unidad de la República se sigan.

En efecto, la regionalización importa aquí crear donde no los hay intereses regionales donde no los hay intereses regionales, un futuro común regional y una conciencia regional que desembocarán inevitablemente en una identidad regional, preeminente u opuesta a la aún incipiente identidad peruana. Y para precipitar la desintegración que irresponsablemente alientan, los demagogos exigen dotar a estos mosaicos políticos de autoridades con un poder casi autónomo en función de su origen electoral, que bien podría ser utilizado para presionar, chantajear y eventualmente desconocer a la autoridad central, en pos de satisfacer los “legítimos intereses” y anhelo de la región, no necesariamente compatibles con el interés general de la nación.
Es cierto que la regionalización es una antigua propuesta de intelectuales y políticos que la veían como alternativa al excesivo centralismo limeño. Pero no es menos cierto que su planteamiento y posterior incorporación en las constituciones se dio en un mundo regido por tendencias históricas centrípetas en donde la regionalización era inocua. Hoy esta situación ha cambiado, y el centralismo puede ser corregido por mecanismos que no pongan en peligro la seguridad y unidad nacional. Así pues se hace necesario reforzar la integración política departamental y derogar el regionalismo de la carta constitucional. Aquí le toca al gobernante asumir su responsabilidad de estadista y abandonar su política paternalista ejercida a través de un omnímodo y cuestionado ministerio de funciones propagandísticas y electorales. Desalentara así la charlatanería regionalista, desinflara a los demagogos y evitara el peligro de la desintegración patria. El Perú todo se lo agradecerá.

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