20-Septiembre-2001
Copyright © 2001 - Diario Expreso S.A. [20-09-01 22:36]
DESDE EE UU: Fin de la inocencia
Manuel Morales Paliza
El demencial ataque a los símbolos del poder comercial y militar de la nación más poderosa del mundo por fuerzas terroristas significa no sólo el doloroso amanecer de un nuevo orden político mundial, sino que además puede ser el percutor de un cambio en la mentalidad del ciudadano estadounidense promedio; en particular, el reconocimiento de que su posición en el mundo globalizado, muy a pesar de su enorme prosperidad económica, puede ser tan frágil como la porcelana china.
Las imágenes dantescas de muerte y destrucción producidas en el breve lapso de unas horas por aviones comerciales secuestrados y suicidamente dirigidos sobre las torres gemelas del World Trade Center en Nueva York y el edificio del Pentágono han producido un impacto muchísimo mayor en la psiquis del estadounidense promedio de lo que podría haber hecho la aplicación por décadas de cualquier sesudo programa educativo dirigido a despertar su casi inexistente conciencia social del mundo fuera de sus fronteras.
En Nueva York miles de personas se encontraron de súbito frente a la muerte inesperada; calcinados, aplastados o cayendo de las torres en su desesperación por huir del insoportable fuego que los atizaba. La isla de Manhattan, quintaesencia del capitalismo, nunca más será la misma sin las dos torres que coronaban el World Trade Center. De un día a otro las torres dejaron de ocupar la esquina suroeste de Manhattan y no servirán más para reconocer que uno se aproxima sin confusiones a Nueva York.
Los estadounidenses posmodernos presencian el fin de su inocencia, producto de haber creído que habitaban una "sociedad feliz" sin mayores problemas que el endeudamiento crediticio. Como ha sido apuntado, esta acción parece sólo comparable al producido por el ataque japonés en Pearl Harbor hace 60 años. Después de los sucesos en Pearl Harbor hasta hoy, los estadounidenses no habían sufrido daños en su territorio de la magnitud provocada por el ataque japonés. Pero una vez más, después de seis décadas, como si la historia fuese una ironía cíclica, el pueblo estadounidense toma dolorosa conciencia de su posición precaria a causa de un enemigo que hasta entonces los había afectado sólo menor o marginalmente en su territorio: el terrorismo.
Esta vez la inocencia perdida, empero, es de origen distinto al de Pearl Harbor. Aquel fue producto del aislamiento no intervencionista; éste es, por el contrario, producto de la dictadura de la economía y de la globalización. En las últimas décadas Estados Unidos impulsó con auténtico entusiasmo su ideario de democracia y libre comercio generando la globalización de los mercados financieros; pero al mismo tiempo, su predomino mundial en lo económico y militar creó, una vez más, la inocente sensación de invulnerabilidad en su sociedad civil. Las consecuencias de esta candidez fueron el relajamiento de sus clases medias en virtud de la opulencia del consumismo económico y su casi completo desinterés por lo que ocurría en el resto del mundo. No basta entonces con privilegiar los aspectos económicos en el juego del poder en el presente orden mundial globalizado. La educación de las sociedades civiles en valores como la tolerancia y el desarrollo de una cultura de la diversidad reviste la mayor importancia. Después de todo, la pobreza unida a la intolerancia son las razones mismas de la existencia del terrorismo, y no la pobreza solamente.
Tony Blair y otros líderes mundiales han reconocido que este ataque no fue sólo dirigido a los Estados Unidos. En consecuencia han pedido unir esfuerzos para erradicar el demonio terrorista que se cierne como un enemigo directo de la noción occidental de civilización. Frente al condenable Pearl Harbor del siglo XXI, esperemos que la conciencia social de una sociedad demasiado opulenta e individualista reaccione con humildad y decisión.
Wednesday, November 14, 2007
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