01-Marzo-1999
LA NECESIDAD DE FORMAR UNA CULTURA INTEGRAL DE RESPETO POR LA DIVERSIDAD
DIARIO: EL COMERCIO
Si hay algo que se aprende viviendo en el extranjero es el enorme valor que implica conocer personas que sean dueñas de la capacidad de desarrollar una aceptable cultura de la tolerancia y de respeto mutuo por las diferencias.
La ausencia - en mayor o menor grado - de estas facultades es un factor que origina desequilibrios y conflictos que dificultan y deterioran las relaciones de convivencia y de comprensión intercultural. Al mismo tiempo queda en evidencia cuan altos - aunque limitados - pueden ser los niveles de resistencia a las actitudes cotidianas de hostilidad que surgen como consecuencia de esta ausencia y cuan importante sería desarrollar una cultura de respeto por la diversidad que ayude a contrarrestar y eliminar estos enfrentamientos. Asimismo, se descubre como algunos grupos o personas que aspiran a ser líderes y paradigmas intelectuales en los más diversos campos, no obstante, adolecen de una apropiada formación en valores de respeto intercultural que son fundamentales en el mundo de hoy. Para ilustrar estos conceptos expondremos una experiencia personal pero, esperamos, suficientemente representativa de lo que sucede en otras numerosas circunstancias.
Los profesionales jóvenes que realizamos estudios avanzados en ambientes en los que nos encontramos obligados a convivir con personas de la más variopinta procedencia en términos de idiomas y costumbres, gozamos de la oportunidad de nutrirnos de un genuino cosmopolitismo que sin duda sirve para comprender y aprender a respetar mejor nuestras diferencias culturales. No obstante, se percibe una soterrada pero extendida actitud que va en dirección contraria a la búsqueda de este respeto.
Se sostiene que todo ser humano producto de la civilización occidental es - técnicamente y ad portas del trepidante tercer milenio - neurótico per se, y este desorden se hace mayor mientras más aislado se esté. Es entendible que los estudiantes sujetos a las circunstancias anteriormente descritas presentemos una mayor proclividad a desarrollar rasgos serios de neurosis que sólo se contrarrestan con una adecuada formación. Ante la ausencia de tal formación y en este ámbito de convivencia intercultural, el problema surge cuando alguno de esos rasgos se torna patológicamente agresivo e intransigente con relación a la manera como se juzga o se actúa con otra persona o grupo que presente diferencias culturales. En este contexto, el secular conflicto entre el ego y el respeto a lo diferente entra en juego con exquisita sutileza. No es difícil convencerse que la mayoría de gente que llega a estos niveles de formación intelectual desarrolla una dosis de ego adquirida individualmente y/o azuzada por el sistema educativo en el que se formó. El peligro estriba en que este ego causa, en mayor o menor medida, cierto estado de obnubilación que una deficiente formación de valores puede convertir muy fácilmente en egoísmo y/o soberbia reflejada en algún aspecto no necesariamente académico. Estas dos taras entorpecen el desarrollo de una cultura de tolerancia porque, a su vez, provocan la aparición de conductas de intransigencia y petulancia que con frecuencia pretenden apoyarse en fundamentalismos y/o dogmas refutables, y que no son más que simple y llana reacción irracional por temor a lo desconocido.
Paradójicamente, estas actitudes contradicen el mero espíritu científico dentro del cual estas personas se han estado formando. Ésta es, incidentalmente, una arista fascinante que ilustra la dificultad en entender el intrincado concepto de inteligencia a este nivel. Es terrible comprobar que - en algunos casos - estos comportamientos se sustentan en la ignorancia que brota de una educación insuficiente y superficial empero orientada al exitismo y frecuentemente también al elitismo. Y de esto últimos no son ajenos los esquemas educativos de varios países avanzados como los Estados Unidos.
Asimismo, es posible que existan ciertos patrones culturales aceptables para un grupo que favorezcan la aparición de estas conductas nocivas. Así por ejemplo, alguien formado en una cultura que fomente el chauvinismo podría - en este contexto - ser más proclive a adoptar las conductas antes mencionadas. Lo mismo puede suceder con grupos provenientes de culturas sumamente homogéneas y costumbres poco extendidas. En este sentido, nuestro país, dentro de sus limitaciones, tiene una enorme ventaja comparativa al poseer un potencial de diversidad étnica y cultural poco usual en el resto del mundo. Con todo, no es siempre claro si los factores que perturban el apropiado desarrollo de los valores que forman la base del respeto por lo distinto sean mucho más de índole individual - léase biológico - antes que provenientes del grupo social particular, aunque sea claro que éste los condicione en alguna medida. En cualquier caso, la internalización de estos valores requieren de un activo proceso de formación en las escuelas y hogares. Es, en suma, un proceso de domesticación que no viene solo y que, más bien, requiere un esfuerzo formativo sin el cuál existe una alta probabilidad que finalmente provoque la futura involución de la sociedad global procuradora de bienestar para todos hacia la cual, aparentemente, nos dirigimos inexorablemente.
Acordar entre personas de procedencias culturales variadas cuándo ciertas conductas son ofensivas o no es de por sí una tarea sumamente complicada. Para lograrlo se requiere una dosis mínima de capacidad mental de transculturización desde ambos lados, sin que esto implique necesariamente una adopción de las costumbres, claro está. Pero ello presupone una aptitud recíproca de buena voluntad para comprender los símbolos y códigos culturales de la otra parte. Lamentablemente, parece ser que los seres humanos no nacemos con la tendencia a desarrollar esta aptitud de buena voluntad y, en verdad, muchas guerras han sido consecuencia de la ausencia de la misma. Por el contrario, cientos de miles de años de evolución les han ido proporcionado a nuestros genes la atávica tendencia a la búsqueda de la homogeneización de los códigos sociales alrededor de segmentos poblacionales con dominio territorial bien demarcado (piénsese en los nacionalismos como una consecuencia actual extrema, si se quiere), y al menosprecio por lo distinto en el ámbito social, reflejado en las extensas y diversas formas de discriminación en el mundo. Así por ejemplo, los recientemente derrumbados regímenes totalitarios, basados en ideologías que pretendían la homogeneización de la sociedad restringiendo las libertades de sus ciudadanos, exhibían, en el fondo, un miedo soterrado por lo distinto, siendo esto último un atributo de derecho que nace precisamente del uso de la libertad individual. No obstante, hacia fines del milenio las necesidades económicas e históricas de bienestar para todos parecen indicar que el derrotero debe ir en dirección contraria, es decir hacia la formación de una aldea global mundial que respete las libertades individuales. Esto exige, por lo tanto y más que nunca, la necesidad de educar y cultivar en todo nivel esa aptitud de buena voluntad dirigida primero a la comprensión y luego al respeto por las diferencias culturales.
No es claro que los programas educativos mundiales hagan el esfuerzo necesario en este sentido. Más bien pareciera que persiste la inercia histórica, acrecentada con las conflagraciones mundiales y de guerra fría de este siglo, por procurar desarrollar "valores" de soberbia regional o nacional - basados en hechos de índole anecdótica y coyuntural más que de trascendencia - que no sólo estuvieron equivocados desde siempre sino que no tienen el menor asidero en nuestros días y son, por el contrario, bombas de tiempo a mediano y largo plazo puestas en las mentes de todos.
Por supuesto, el problema mayor es determinar cuáles deben ser los elementos de juicio que puedan establecer - sin dudas - cuando una costumbre específica es sujeta de respeto o condena. La perspectiva de hacerlo desde la óptica particular de la cultura dominante es poco elegante. Sería mucho mejor lograrlo con consenso mundial, pero seguramente esto exigirá que la semilla de la buena voluntad se haya expandido lo suficiente en cada cultura a través de la educación en la diversidad. Es un trabajo de hormiga que bien vale la pena seguir porque así, quizás, en el futuro se deje de asistir al espectáculo frustrante de ver como algunos futuros líderes sociales, académicos y científicos usan su cerebro para plantear soluciones a problemas abstractos o de laboratorio, pero que, en mayor o menor medida, son muy torpes para manejarse así mismos y con los demás frente a los desafíos contemporáneos que plantea la diversidad. De aquí se puede concluir que no sólo existe la urgente necesidad de formar adecuadamente este aspecto fundamental de respeto por la diversidad desde la niñez desterrando de los currículos toda forma de inculcación de soberbia regional o nacional, sino también de cambiar ciertos programas educativos universitarios que hacen mal en fomentar una suerte de cultura de la soberbia intelectual al más alto nivel y que adolecen de la suficiente formación en los valores devengados del respeto por lo distinto. Todo ello a la postre evitaría o conjugaría futuros conflictos de gran escala basados en la intolerancia, haciendo así posible que el sueño – quizás utópico – de paz y bienestar para todos se aproxime más a lo ideal.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment