Wednesday, November 14, 2007

La desmitificación final del absoluto

Han pasado más de 150 años (6 generaciones) desde que el científico inglés Charles Darwin develara la lógica de la vida utilizando argumentos derivados de cuidadosas observaciones, probadas y mejoradas a posteriori. A pesar de ello, un grueso inmenso de seres humanos aún profesa alguna forma de creencia mística que explica la vida como una creación divina o proveniente de un diseño inteligente. Ciertamente, es un ejercicio desafiante tratar de entender el porqué es tan difícil –o quizás imposible- desabrazar creencias místicas en nuestros tiempos signados por los conocimientos sofisticados y abiertos a la exploración del universo, máxime en grupos con niveles económicos y educativos muy por encima de la media mundial. ¿Es acaso la desmitificación de lo divino un asunto que toma decenas o centenas de generaciones? ¿O la creencia mística es una característica definitiva de nuestra conciencia que los no religiosos nos resistimos a aceptar? ¿O acaso existe una sutil e involuntaria alienación inmersa en nuestros sistemas educativos que instiga a asumir situaciones fuera de lo natural? De lo que no hay duda es que la enseñanza de la ciencia a los niños y adolescentes en la inmensa mayoría de escuelas alrededor del mundo es y ha sido inapropiada, lo que ha conducido a generar una sociedad aún plena de atavismos tribales.

La religión

Una considerable mayoría de personas de toda condición social y cultural alrededor del mundo profesa una creencia en algo sobrenatural, sagrado o divino, y/o sigue una religión. Aproximadamente el 84% de la población mundial se consagra a algún tipo de fe religiosa. El 74% de la humanidad se adhiere a una de las cuatro religiones siguientes: el Cristianismo (2,100 millones, 33%), el Islamismo (1,300 millones, 21%), el Hinduismo (900 millones, 14%) y el Budismo (376 millones, 6%). Es interesante notar que el 16% de seres humanos –el tercer grupo más importante después de los cristianos e islámicos (llamadas religiones abrahmicas, por un pasado común que se remonta hasta el patriarca hebreo Abraham)- no profesa ninguna religión, no obstante.

Existe el problema filosófico de la búsqueda legítima de felicidad en el ser humano. Algunos proponen que es una búsqueda personal y otros que es colectiva, pero en cualquier caso su búsqueda implica la superación de temores. De una u otra forma, las creencias místicas en general y la religión en particular, parecieran emerger como una respuesta colectiva tribal a temores individuales por lo desconocido (supernatural) -algunos más sofisticados que otros-, lo cual conduce a la necesidad de identificación individual con un conjunto de valores emanados de una autoridad supernatural e incontestable –divinidades o divinidad absoluta: Dios-, porque no pertenece a nuestro mundo inferior.

Desde Platón se ha filosofado en una realidad supranatural ideal y perfecta de la que emanan comandos, normas y mandamientos que deben seguirse en nuestro mundo, de querer aproximarnos a lo perfecto y vivir en armonía eterna. La mayoría de religiones le añaden a esta filosofía premios y castigos. Algunas establecen que el cumplimiento de estos mandatos produce una elevación que se traduce en la posibilidad de conseguir el premio de acercarse o eventualmente alcanzar aquellos mundos perfectos, usualmente después de la muerte física, mientras que el desacato o la desobediencia es castigada con un regreso al sufrimiento o el descenso a un mundo inferior de sufrimiento. La autoridad que ejerce una religión proviene de su interpretación (cuerpo doctrinal) y manejo (ritual) de lo supernatural y la aceptación de esto por parte de sus feligreses. Dicha autoridad esta fundamentada, entonces, en la aceptación de una realidad superior a la que –por lo menos momentáneamente- el individuo no posee un acceso completo (en “cuerpo y alma”).

El absoluto de la religión y su alternativa

La inmensa mayoría de individuos que profesan una determinada religión han sido influidos por la familia, el medio social inmediato, sus tradiciones culturales y costumbres. En ellas encuentran solaz y paz interior, así como modelos de conductas y valores a seguir. Sin embargo, subyace un carácter dictatorial y fundamentalista en casi toda religión, e invariablemente en las abrahmicas: el dogma de fe o dogma revelado. La doctrina que se basa en el dogma revelado es el absoluto de toda religión. El hecho mismo de cuestionar la doctrina es castigado. La doctrina es dogma per se.

De sus cuerpos doctrinales se puede inferir que si todos los habitantes del planeta siguieran el mismo dogma y no aparecieran disidentes, no habría conflictos y prevalecería la paz. Ese es el enfoque que siguen y siguieron las autoridades de las dos instituciones religiosas más grandes, las cuales no tuvieron reparos en recurrir al poder político y militar para expandir su doctrina en el resto de sociedades que consideraban bárbaras, infieles o inferiores. Pretendían y pretenden, como todo dictador, alcanzar el predominio mundial y absoluto, y de esta manera alcanzar la sociedad perfecta platónica. La puesta en práctica de semejante enfoque en los últimos tres mil años nos ha mostrado devastadoras consecuencias en términos de sufrimiento y muerte. Los sacrificios humanos, las cruzadas medievales, la salvaje expansión del imperio otomano, la persecución a los considerados paganos, herejes y salvajes ocasionaron durante milenios más sufrimiento y más división que la ansiada conquista del bienestar de las sociedades perfectas, aquella utópica comunidad mundial que adorase a la misma divinidad o divinidades.
Como toda aventura humana que recurre a la fuerza y al poder amparada en una verdad que cree absoluta, el fracaso se ha dado una y otra vez a lo largo de miles de años de historia, en grandes y pequeñas escalas. Nunca, ninguna religión ha podido dominar al 100% del planeta o al 100% de su mundo accesible. Es notable como las sociedades humanas han ido cayendo en el mismo error del absoluto una y otra vez, siguiendo el mito de Sísifo. Recientemente nos hemos dado cuenta de lo absurdo de cualquier forma de totalitarismo en el poder (e.g., comunismo, fascismo, nazismo), no sin derramamientos de sangre y pérdidas de vidas en escalas espantosas. La creencia en una doctrina absoluta y perfecta como sistema político de gobierno sólo nos ha traído más sufrimiento. El otro absoluto que falta abolir de nuestras mentes es aquel fundamentado en lo supernatural y que individualmente nos obsesiona y obnubila, recurriendo fácilmente a creencias místicas que subvierten el avance concreto y objetivo en el entendimiento de lo desconocido, motor de nuestro progreso como especie. Y es que nuestra especie ha descubierto hace pocas centurias una manera racional y desapasionada de ir desentrañando misterios en el universo, una forma segura y práctica de conquistar de a pocos nuestra ignorancia, opuesta al enfoque del absoluto omnipotente que lo ha creado todo. Este método progresivo y racional de reducción de nuestra ignorancia en el conocimiento de la naturaleza y el universo se llama ciencia.

La ciencia y el absoluto

Desde hace unas décadas, la ciencia ha venido dando respuestas alternativas a viejos problemas que antes sólo respondía la religión, a través de dogmas revelados. Preguntas tales como de dónde viene el ser humano o cómo se originó el universo pueden ser ahora respondidas a través de modelos científicos, demostrables a partir de la observación y la experimentación. La ciencia no clama tener respuestas absolutas a estas preguntas, sino sólo aproximaciones a lo que percibimos como realidad y deja abierta sus puertas a mejores explicaciones futuras que devengan de una mejor observación y experimentación. ¿Pero entonces, nos queda siempre espacio para creer en un absoluto al cual la ciencia no tiene acceso? Desde luego que sí, pero hacerlo significa claudicar -en alguna etapa- en el progreso del conocimiento del universo y de nosotros mismos.

Con nuestro conocimiento e ignorancia actual, podemos creer que hay una verdad última y absoluta más allá de los experimentos y las observaciones, y llamarlo Dios, si deseamos. Pero también se puede creer en el infinito y que no existe un inicio divino para nada (en contraste, por ejemplo, con el argumento de la contingencia de San Agustín) y que esta rueda del universo ha venido rodando desde siempre y para siempre (como en la filosofía hinduista de los brahmanes). O incluso se puede creer que la naturaleza, el universo y todo lo que lo contiene es lo supremo (panteísmo). No obstante, creer en un absoluto más allá de lo que honestamente conocemos nos condiciona y limita de hacernos preguntas más difíciles y desapasionadas sobre lo desconocido, a buscar y explorar más allá de lo que ya conocemos usando la observación, la experimentación y la razón. Lo que debe hacerse es desmitificar el absoluto y dejarle de temer.

A través de la ciencia podemos avanzar sin restricciones en la comprensión de lo desconocido y esta actitud nos otorga una ventaja evolutiva adicional. Si hay un final y llegamos algún día –por medio de la ciencia- al conocimiento de una verdad única y absoluta (que no es para nada evidente hoy), bien (y en tal caso habrá que replantearse las cosas alrededor de preguntas filosóficas más complicadas tales como para qué o porqué existimos), y si no, bien también. En todo caso esta preocupación es terreno de la filosofía, a la cual deberían incorporarse las religiones serias como alternativas intelectuales. Regresando a nuestros tiempos, lo que sí resulta intelectualmente aberrante es seguir doctrinas basadas en explicaciones incorrectas sobre ciertos hechos y creer en ellas sólo porque son dogmas revelados. Esta aberración es imperdonable en el caso de la gente más instruida que precisamente tiene la responsabilidad ética con su especie de enseñar la ciencia a la gente que no lo es.

La buena “auténtica ignorancia” y la mala “falsa ignorancia”

Con todo y fuera del espacio que aun tenemos para las creencias en un absoluto basadas en una auténtica ignorancia de lo desconocido, subyace el problema de las dos religiones dominantes, las cuales fundamentan su absoluto en libros y creencias dogmáticas que a todas luces son racionalmente anacrónicas (aún de valor histórico, sociológico y antropológico). Es decir, lo que antes fue auténtica ignorancia, con el avance de la ciencia se ha convertido en falsa ignorancia. Y éste es el tipo de ignorancia que debemos condenar. Podemos mencionar dos falsas ignorancias actuales: El origen del ser humano como especie y el origen del universo. Desde hace 150 años y 75 años respectivamente, tenemos respuestas científicas preliminares a estas ignorancias previas y por tanto éstas han devenido de auténticas a falsas, es decir, de reales ignorancias a verdades preliminares.

El etólogo inglés Richard Dawkins en su reciente y provocador libro “The God Delusion” (“La locura de Dios”) hace un trabajo de demolición de las religiones y afirma: “Soy hostil a la religión fundamentalista (cristiana o no) porque degrada activamente la faena científica. Nos enseña a no cambiar nuestras mentes y a no desear conocer cosas estimulantes que están disponibles para todos. Subvierte la ciencia y debilita el intelecto.” (p. 284). En otras palabras, el más grande problema de las religiones (a excepción de algunas orientales) es pensar sin cuestionarse científicamente. Con el absoluto imperante en falsas ignorancias aún estamos en el camino de crear líderes que pensaran que su mandato es de designio divino, tanto en oriente como occidente. Esto conduce a la polarización y a la intolerancia en un mundo en el que la tolerancia por la diversidad cultural debiera convertirse en una empresa social de primer orden.

Muchos creen que no se puede ser un ser humano bueno sin religión. Desde luego, esto es incorrecto. Por ejemplo, Richard Dawkins, en el capítulo 6 de su libro sostiene que nuestra moral tiene una explicación darwiniana: Genes altruistas han sido seleccionados a través del proceso de nuestra evolución y así poseemos una natural compasión por quienes nos rodean. La moral de una era evoluciona continuamente (Zeitgeist), en oposición a la moral religiosa que es incólume en el tiempo, por doctrina. En la actualidad la globalización ha traído consigo el problema de la intolerancia cultural. Nuestra especie está sacando a relucir resabios de racismos, nacionalismos y xenofobias, que no son más que manifestaciones de temor a lo desconocido y de territorialidad tribal, que fueron en algún punto de nuestro proceso evolutivo animal una ventaja de supervivencia. Nuevamente, el absoluto de la religión con sus mandatos divinos, proveyó de mandamientos morales que la población usualmente sigue para ganar su salvación y domesticar estas manifestaciones. No las sigue, después de todo, por convicción racional sino con un fin utilitario, cual fenicio mercader en busca de ganancias fáciles.

Resultaría difícil categorizar a las religiones por sus efectos. La mayoría son racionalmente absurdas. Pero es innegable que algunas son socialmente más conflictivas, mientras que otras han sido en ciertos períodos y coyunturas más pacifistas y han permitido que mucha gente viva “feliz” en su ignorancia, evitando conflagraciones y proveyendo a los desgraciados enfermos y pobres de espíritu un sentido de vida. Algunos piensan por todo esto que son un “mal necesario” para el colectivo. Sin duda esto es cierto si existen auténticas ignorancias en dicho colectivo. Pero cuando la ciencia devela lo desconocido convirtiéndolo en conocimiento, el seguir creyendo en estas –ahora- falsas ignorancias se convierte en un ejercicio perverso para el intelecto.

El rol de la educación

Es evidente por tanto que la solución o el mecanismo para que la religión -como una necesidad ineludible- desaparezca del imaginario colectivo es a través de una adecuada educación. El primer paso, ergo, es que la gente aprenda a manejar un mecanismo opuesto al absoluto. Como hemos dicho, este mecanismo existe desde hace pocas centurias y se llama ciencia.

La ciencia, en contraste con la religión, es lo opuesto al dogma. La ciencia utiliza un conjunto de principios y leyes que son verificables a través de experimentos y estas leyes y principios siempre están abiertos a experimentación más elaborada, a la discusión y al cotejo constante. Si surge evidencia demostrable por el método científico que un principio o ley es perfectible o esta equivocado, no existe ningún inconveniente en cambiarlo de acuerdo al consenso de una comunidad científica objetiva. La búsqueda de un absoluto no esta planteada en la ciencia, por definición y por método. Lo que existe es una serie de aproximaciones sucesivas a la realidad, una búsqueda constante de comprensión y control medido de la naturaleza, respetando el entorno y entendiendo que vivimos en un mundo interconectado y mutuamente dependiente entre especies vivas (equilibrio ecológico). Esta búsqueda incesante de mejora, promovida por nuestras cualidades evolutivas más exitosas, la curiosidad unida a la razón, nos han permitido llegar al espacio, descifrar como opera el universo físico, comprender mejor nuestro entorno y no hay razón para pensar que no nos debería ayudar a vivir en paz como especie.

En esta era postmoderna aceptamos de buena gana los prodigios tecnológicos que surgen en virtud del desarrollo científico. Sin embargo, el mecanismo del método científico nos es aun muy ajeno. Además, el imaginario colectivo está lleno de lugares comunes a menudo equivocados sobre la ciencia. La ciencia a muchos les provoca miedo intelectual y a veces colectivo (una hecatombe nuclear). La enseñanza de las matemáticas –el lenguaje de la ciencia- y las ciencias a nivel básico han fracasado en el mundo entero en razón a que la gran mayoría de educandos que culminan estos estudios no tienen una comprensión real de sus preceptos más básicos. Muchos se enredan en los detalles y no miran el panorama, otros sólo memorizan recetas sin repreguntarse las razones. Es un problema de los maestros y del sistema educativo como institución en gran parte, pero también lo es de la influencia de una comunidad que ha domesticado sus temores tribales más internos con recetas absolutistas. Sin duda, el sistema educativo está fallando sobremanera en todo nivel, pero existen formas de subsanar este error.

¿Cómo explicar la ciencia?

La media audiovisual se ha convertido en un mecanismo que impresiona y condiciona conductas en todo nivel. Si se propagan programas científicos apropiados, es posible que empecemos a interiorizar los conceptos del método científico y no los observemos como mera curiosidad y con cierto temor. Si se propagan documentales científicos, mostrando los hechos, sin discusión, es posible que los aceptemos como una distracción más, comparable a un juego de video. Me parece que un aspecto clave que vale la pena enfatizar y que haría la diferencia es explicar mejor el manejo de las escalas de tiempos grandes en eventos científicos de trascendencia. La comprensión cabal de la teoría de la evolución -que es la teoría más apropiada para contrastar al dogma absoluto- sólo llega manejando las escalas temporales inherentes al mecanismo de selección natural de las especies.

He estado mirando algunos documentales científicos en la televisión americana. Ninguno de ellos goza de una audiencia preferencial que los distinga especialmente, pero sin duda están hechos con efectos audiovisuales e incluso dramatizaciones muy atractivas que estimo están atrayendo el interés de más público que antes por la ciencia. Sin embargo, la mayor parte de los documentales que tratan temas donde es crucial la comprensión de las escalas de tiempo involucradas, adolecen de una explicación adecuada sobre estos tiempos “inimaginables”.

Para efectos de una divulgación científica apropiada, no basta con decir que hace aproximadamente trece mil millones de años se inicio el universo, o que hace unos sesenta y cinco millones de años desaparecieron los dinosaurios. Igualmente, no es suficiente mencionar que hace unos cuatro mil millones de años se empezó a formar nuestro sistema solar, o que hace treinta mil años aproximadamente la única otra especie con inteligencia similar a la nuestra (hasta donde es conocido), el homo sapiens neandertalis, se extinguió.

Cuando al público no acostumbrado a concebir cifras grandes se le habla de miles o millones de años, treinta mil años les parecerá tan igual de grande que trece mil millones de años. Y esta dificultad es a mi juicio una de las obstáculos más grandes para que este público comprenda y valore a cabalidad muchos de los descubrimientos científicos más importantes de los últimos dos siglos, entre los que se destaca la teoría de la evolución darwiniana (Publicación de “Sobre el origen de las especies”, 1859) y el inicio del universo (Formulación de la teoría del Big Bang, 1930). Incluso las personas con formación científica tenemos que recurrir mentalmente a estos cambios de escala para poder hacer comparaciones entre números tan grandes. De manera que no se trata de que esta comprensión sea inherentemente prohibitiva para un sector, sino que de por sí demanda esfuerzo de imaginación y entrenamiento. Con todo, es un esfuerzo que bien vale la pena seguir y merece ser abordado como un tema educativo para facilitar los caminos para su comprensión cabal.

El calendario universal

Después de la formulación de la teoría del Big Bang hace unas décadas, los humanos tenemos por primera vez en nuestra historia como especie la posibilidad de elaborar un calendario con los eventos más importantes que nos han conducido a lo que somos desde el origen de lo que percibimos o conceptualizamos como universo físico. La elaboración de semejante calendario, si bien con muchos vacíos e inexactitudes aún, es uno de los grandes logros del pensamiento racional, obtenido gracias a la ciencia en menos de medio milenio. No veo porque todo el mundo pueda estudiarlo en alguna etapa escolar, entenderlo y finalmente manejarlo con mínima solvencia.

Una manera de resolver la dificultad de manejar adecuadamente números enormes, imaginarlos y utilizarlos efectivamente es adoptando una escala de tiempo más reducida que permita comparar con facilidad cotidiana las diferencias entre tiempos muy grandes dentro del calendario. El tiempo grueso relevante hasta nuestros días pudiera representarse por un total más digerible y entendible. En esa obra maestra que fue la popular serie televisiva de los ochentas, Cosmos, el astrónomo Carl Sagan recurría a este estratagema para mencionar tiempos muy grandes y mostrar en forma efectiva la evolución de los hechos más importantes desde la creación del universo hasta nuestra vida actual en el planeta que nos cobija. Sagan reducía los últimos 5,000 años de historia conocidos a los últimos 10 segundos del “año cósmico” y esta era una manera muy efectiva de explicar los acontecimientos de escalas temporales enormes, con referencia a nuestras escalas históricas usuales y que concebimos más fácilmente. Así mientras el universo se originaba a las 00:00:00 (hora:minutos:segundos) horas del primero de enero del año cósmico con la gran explosión de explosiones (el Big Bang), los egipcios iniciaban la construcción de las pirámides a las 11:59:50 de la noche del 31 de diciembre del mismo año, es decir hace 10 “segundos cósmicos”. En ese año cósmico, nuestro planeta se formaba a finales de agosto, la vida aparecía a mediados de septiembre, los dinosaurios se extinguían al mediodía del 30 de diciembre y el hombre moderno aparecía como especie a las 7 p.m. del mismo 31 de diciembre. De cuatro a siete horas “cósmicas” son requeridas para que una nueva especie de vida aparezca y se extinga otra. En fin, muchas otras referencias temporales fáciles de digerir pueden hacerse utilizando este calendario universal.

Conclusión
Desde la aparición de la conciencia hace unas “horas cósmicas” se engendró el mito del absoluto como un estadio evolutivo que ya es momento de trascender. El primer gran paso para desaforarlo de nuestras mentes y ascender un escalón más en las gradas de la evolución, es la comprensión universal de la ciencia a través de la educación. Una fracción insignificante (mucho menos del 1%) de la especie entiende los fundamentos del método científico. Si podemos lograr que la mayoría de la población mundial lo haga, habremos, como especie, desterrado al pernicioso absoluto. Sólo de nosotros depende si tomará unos segundos o quizás “minutos cósmicos” lograrlo. El manejo inteligente de nuestros sistemas educativos encierra la respuesta y la verdadera revolución del progreso y bienestar de nuestra especie. La alternativa de tener grupos encontrados en sus fanatismos puede ser muy triste. Más del 50% de la población mundial vive actualmente inmersa en el terror del llamado “choque de civilizaciones” que curiosamente coincide con las dos religiones más grandes. No es casualidad que la reconquista de Tierra Santa hace milenio y medio y la actual eliminación del terrorismo basado en extremos fundamentalismos islámicos tengan a los mismos actores en disputa. La diferencia es que ahora tenemos armas con poder de extinción del planeta habitable. De proseguir la escalada de intolerancia por un lado y de interés material por el otro, la luz de nuestra especie puede apagarse en una fracción insignificante de “segundo cósmico”. Sólo de nosotros depende desmitificar de nuestras mentes al conquistador del absoluto y convertirlo en el buscador constante de nuevos horizontes y realidades en armonía con nosotros mismos y el universo. Porque el logro más importante de la ciencia en la evolución de nuestra especie no ha sido la llegada del hombre a la Luna, la formulación de la teoría de la relatividad, la aparición de la electrónica, la formulación de la teoría de la evolución de las especies, ni la posibilidad de elaborar un calendario universal, sino la desmitificación final del absoluto, aspecto que subyace en el núcleo mismo del método científico.

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