Wednesday, November 14, 2007

El Violin de Einstein

29-Enero-2000

EL VIOLÍN DE EINSTEIN

DIARIO: EXPRESO

Para mucha presa, legítima y válidamente aceptada a las estadísticas y los recuentos – como la revista Time -, Albert Einstein ha sido más significativa representación de lo que el siglo veinte produjo. Frente a ciertos comentarios, algo desubicados, que en los últimos días han aparecido sobre la figura y obra de este científico de origen alemán, conviene hacer ciertas precisiones en cuanto a sus contribuciones.

Ya se ha anotado que como nunca antes en la historia de la humanidad, la ciencia y la tecnología se desarrollaron a una velocidad inigualable en este siglo, provocando cambios sin precedentes en el rubro histórico de la humanidad. Para muestra, dos ejemplos. La revolución de la microelectrónica –que hoy se dirige a la nanoelectrónica –
coadyuvó a un mejoramiento de la calidad de vida humana (piénsese en la TV, las computadoras, internet, etc.) con todas las consecuencias sociales que ello implica.

El descubrimiento de la energía nuclear – mal o bien – cambió el curso de la historia este siglo y, bien controlada, nos ofrece un potencial enorme en el futuro. En el corazón mismo de estos dos ejemplos subyace la física del siglo veinte y sus dos revoluciones: la relatividad y la cuántica. Albert Einstein desarrolló exclusivamente la primera y fue uno de los padres de la segunda. De sus grandes contribuciones científicas en las disciplinas ya mencionadas, además de la mecánica estadística, es la relatividad, que constituye su obra más trascendente.

Históricamente, la teoría de la relatividad de Albert Einstein reformula la visión clásica y newtoniana del espacio, el tiempo y el movimiento cuando los fenómenos físicos son observaciones desde marcos de referencia en movimiento relativo. Cuando se intenta comprender los misterios más intrincados de la naturaleza desde esta nueva perspectiva, el sentido común o intuición que nos pudiera ofrecer la menor de las mundanas cotidianidades es pulverizado por un conjunto de principios que normalmente exigen una mínima actitud lógico – matemática para ser digeridos con solvencia. Así, con Einstein, el proceso de intuición física es obligado a pegar un salto gigantesco hacia una mayor elaboración. Una que nos urge a despojar de nuestras mentes la monotonía de la observación inmediata y superficial. De esta manera, estos nuevos principios le confieren a la física teórica armas conceptuales que no tenía antes. Es imposible sustraerse a la belleza lógica matemática y conceptual de las que goza la relatividad, quizás inigualable por otra disciplina de la física. Y ello puede deberse a que fue mayormente construida por la razón pura, siendo Einstein un exquisito artista de la lógica. Su laboratorio se reducía a un lápiz y un papel.

Amante del violín, solía afirmar que el Universo es como la música. Y claro, cada peldaño de su escalera lógica causa una sensación parecida a la de un acorde musical perfectamente ejecutado de una pieza de Mozart, su músico favorito. Einstein tuvo el atrevimiento de poner en entredicho las bases del edificio conceptual sobre el cual la física de Newton – poco menos que una deidad intocable en la comunidad científica de entonces – había sido construida. Y esto exigía una gran dosis de irreverencia, en gran parte azuzado por la lectura de Ernst Mach – filósofo alemán y severo crítico de los conceptos newtonianos – tiene su punto más alto en la relativización del espacio y el tiempo. Cuando se estudia esta teoría existen al menos dos formas de comprender esta relativización: una es directamente intuitiva y es la más complicada; otra es matemática y ayuda mucho a desarrollar la intuitiva que al final es la que debe ser digerida para comprender bien la teoría. No es difícil imaginar la enorme dificultad que encontró Einstein para persuadir a la comunidad científica de la veracidad de su teoría. La mayor parte de científicos seguían atados a las ideas newtonianas del espacio y del tiempo cuando Einstein publica la primera parte de su teoría de la relatividad en 1905. Por ello, no es difícil comprender que el premio Nóbel de física se lo otorgaran 16 años después por otro trabajo importante que presentó al mismo tiempo (el efecto fotoeléctrico), aunque comparativamente de menor trascendencia.

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